Sin avisar, viniste y te vas

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Llegaste así, sin avisar, me pillaste desprevenida y sin tiempo de reaccionar. Y sin saberlo, llegaste cuando más lo necesitaba. Porque no necesitaba nada en concreto, te necesitaba a ti.

Recuerdo que pensé que sería una historia más, una de esas del montón, de las que solo recuerdas cuando lees conversaciones de whatsapp antiguas. Ay, amiga. Qué equivocada estabas.

Fue más, mucho más. Llegaste para quedarte. Llegaste para dejar huella, y tal cual viniste, te fuiste. Y me mataste. De golpe y sin anestesia.

Te volviste tan imprescindible. Yo, que nunca había dependido de nadie, que prefería volar sola, de repente quería todo contigo. Y sin querer, me acostumbré a ti. Costumbre, vamos a llamarlo así.

Me acostumbré a tus buenos días, me acostumbré a tus ruidos al comer, me acostumbré a tu olor y a tu forma de sacarme de mis casillas. Me acostumbré a tantas cosas, cada día un poco más, que cuando me di cuenta de ello ya era demasiado tarde,

Yo, que siempre dije que era independiente. Que podía hacer todo sola y que quien quisiera, que me siguiera. Esa misma que se reía de las películas de Disney, ahora estaba preguntándose cómo se había acostumbrado a algo tan fácilmente.

Y, de repente, ya no estabas. Y entonces me di cuenta de que necesitaba todo eso. De que necesitaba los buenos días, los ruidos, tu olor y hasta discutir. Porque todo eso, por muy sencillo que fuese, me llenaba los días.

Y me di aún más cuenta cuando vi que nadie más era capaz de darme todo eso, no de la misma manera. Me he pasado un tiempo buscando eso mismo en muchas personas, cuando en el fondo sé que eso solo eras capaz de dármelo tú. Porque, al fin y al cabo, no es lo que haces, sino con quién lo haces. 

No sé cómo lo hiciste, pero no lo consiguió nadie más. Conseguiste alterar mi calma, conseguiste que una cuerda se volviese loca. Pero sobretodo, conseguiste que me diese cuenta de una cosa:

Que las mejores cosas llegan solas, sin que busques, sin que llames, sin que estés atento. 

Cuando era pequeña, mi madre siempre me decía que mirase al frente, que en el suelo no encontraría nada. Pero no es verdad. Lo primero que vi de ti fueron tus zapatillas (y recuerdo que no me gustaron nada)

Y no sé, lo mismo un día de estos llega alguien a cambiarme los esquemas y alterarme la sangre. Pero prefiero no saber cuándo, me gustan las sorpresas.

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Perdóname si alguna vez …

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Perdóname si alguna vez te hice daño, porque no quería.

Perdóname si te quedaste esperando horas y días a que contestase tus mensajes, sin ninguna respuesta.

Perdóname si esperabas algo más de mi, no pude darte más.

Perdóname por hacerte perder el tiempo, seguramente podrías haberlo derrochado en algo mejor que en escuchar mis excusas.

Perdóname por no sentir lo mismo que tú has sentido, por no poder convencer a mi cerebro y a mi corazón para que tomen las mismas decisiones.

Y es que, al final siempre he hecho caso al corazón. A ese loco suicida que no piensa y solo siente. Y mientras él me decía que me fuese, mi cerebro me repetía “Sigue, es lo correcto para ti” Pero, ¿a mi qué me importa que sea lo correcto si no me hace feliz? Si por mucho que busque razones lógicas, por muchas listas de pros que haga, si no me llena, no me sirve. Yo quiero sentimientos completos, nada de sentir a medias.

Lo siento, pero no voy a hacerte perder el tiempo. No eres para mi, lo sé, simplemente porque si fueses para mi no dudaría ni un momento en intentar algo por muy imposible que fuese, por muy difícil o por mucho daño que me hiciese.

Y me dirán “inténtalo, no pierdes nada” Qué pesados, sois muy pesados. ¿Cómo que no pierdo nada? Pierdo y hago perder. Pierdo tiempo, pierdo ganas y pierdo ilusión. Y hago perder lo mismo a las personas que esperan algo de mi.

Esto es como empezar una carrera que sabes que no te gusta, a la que no te quieres dedicar y que sabes que suspenderás. ¿Para qué vas a hacer eso? ¿Para qué seguir con algo que sabes que no tiene futuro en tu vida, algo que no te completa?

Esta claro que no sé lo que me va a hacer completamente feliz, nadie lo sabe, porque la vida da mil vueltas y el futuro no está escrito. Pero lo que sí sé, es lo que no quiero. Solo con saber eso, puedo estar unos centímetros más cerca de lo que me hará feliz, y eso, me basta.

Y si te digo que me olvides, hazlo. Y si te digo que no me escribas, hazlo. Y si te digo que estoy agobiada, que no puedo más y que no tengo tiempo, hazme caso. Seguramente me arrepienta con el tiempo, seguramente piense en lo estúpida que he sido, pero deja que me de cuenta yo sola.

No sé a ti, pero a mi me hubiese encantado que ciertas personas me hubiesen dicho esto a su debido tiempo. Me hubiese ahorrado tanto… tanto tiempo perdido, tantas noches pensando qué hacía mal, tantos mensajes sin contestar.

Nos da miedo hacer daño diciendo lo que sentimos, y al final hacemos más daño por no decirlo. Nadie es adivino, hablemos claro. ¿Sientes algo? Dímelo. Y si no lo sientes, también.

A  lo que iba. Que lo siento. No te enfades, sabes que no es mi culpa ni la tuya. Sabes que nadie es dueño de lo que siente, y que si lo fuese la vida sería un verdadero aburrimiento. Duele, sí. Pero así supongo que es más entretenido. Y al final, nos gusta lo que nos hace la vida un poco más complicada, o al menos a mi sí.

Perdóname por querer sentir cuando no puedo, ojalá seas feliz con alguien que pueda sentir lo que no he sentido yo, porque te lo mereces. Y yo. Y todos. Nos merecemos sentimientos completos, nada de vasos a medias ni de dudas.

Nos merecemos sentir, y ser sentidos.

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Escucha, eres perfecta.

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Tú, que te miras al espejo de reojo para comprobar si se te ha movido un pelo después de peinarte.

Tú, que te cambias diez veces de ropa antes de salir con algo con lo que te sientas segura.

Tú, que te sientes mal después de tomarte esa onza de chocolate a las tantas de la noche y crees que has traicionado tu dieta, esa dieta que empiezas cada lunes.

Tú, que cuando notas que alguien te mira fijanente, bajas la mirada pensando que así pasarás desapercibida.

Tú, que no te atreves a ponerte “ese vestido” por el que dirán.

Tú, que te sientes más segura después de pintarte los labios.

Tú, que buscas el filtro de instagram perfecto, y después de decidirte, quieres volver atrás y elegir otro.

Tú, que eres insegura como todas, lo demuestres o no. Que te buscas defectos que seguramente nadie ve, porque quieres la perfección.

Pero niña, la perfección no la decide nadie, la perfección es tan subjetiva que por mucho que la busques, nunca llegarás a ser perfecta para todo el mundo.

Para algunos sí, e incluso otros, sabiendo que eres imperfecta, necesitarán que seas así porque eso es lo que te hace diferente de la mujer que tienes sentada al lado en el bus, de la modelo de Calvin Klein de las marquesinas, y de tu tía la del pueblo.

Escucha, eres perfecta porque eres imperfecta.

Deja de pensar que ese tío no habla contigo porque no le gusten tus ojos, o porque no seas su tipo.

Deja de intentar aparentar lo que no eres por gustar a alguien.

Deja de agobiarte cada vez que cenas algo de más.

Deja de compararte con otros, deja de machacarte.

Y ahora dime, ¿alguna vez has hecho algo que no querías, solamente por gustar a alguien, por su aprobación?

Eso es como disfrazarse en carnavales. Un día puede valer, puedes fingir ser lo que no eres, pero esa no eres tú. Es un disfraz.

Se tú misma. Quiérete, porque nadie te va a querer más que tú misma. Y si tú ves lo bueno en ti, los demás lo verán.

La clave está en sacar lo mejor de ti, aprovecha lo que tienes.

Nadie tiene tus ojos, mira fijamente a quien te mire.

Nadie tiene tu boca, sonríe.

Nadie tiene tu pelo, siempre hecho un lío, pero joder, ¡vaya pelo! ¡Sueltátelo!

Nadie tiene esas piernas, pues baila con ellas.

No tienes el pelo de la chica pantene, ni los labios de Kylie Jenner (operados, por cierto), ni la estatura de una modelo de Victoria’s Secret pero, ¿y qué?

Estoy segura de que ellas, si te viesen, querrían tener algo que tienes tú. Porque el ser humano es así, se compara, se machaca y quiere lo que no puede tener.

Y así, solo entras en un bucle de “Si tuviese ese pelo” “Que guapa estaría con las labios más grandes” “Si tuviese más pecho, tendría un tipazo”

A ver, no seas tonta. Si tuvieses todo eso seguramente te buscarías otras pegas, y querrías más. Somos insaciables.

Así que ahora coje tu sonrisa, y te la llevas de paseo. Y si alguien se atreve a decirte que hoy no vas guapa, dile “Mi espejo no dice lo mismo”

Ah, que sepas que la gente que te critica es la más insegura. Si te insultan, o te miran de reojo, es que tienes algo que ellos no tienen, algo que les gusta de ti pero no quieren que lo sepas.

La única persona que te puede decir que tienes un problema de peso es tu médico o tus amigos, por tu salud, no por entrar en un canon u otro. O tú misma, porque quieras superarte, pero nadie más.

La única persona que te puede decir que tienes mal la piel, es tu dermatólogo.

La única persona que puede criticar tus ojos es tu óptico.

Y así, con todo.

Pero sobretodo tú, deja de criticarte, porque así eres perfecta. Con tus pelos de loca, con tus muslos, con tus estrías y con tu sonrisa asimétrica. Y al que te diga lo contrario, no le escuches.

Escúchame a mi: eres perfecta.

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Libres domingos y domingas!

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“Esa va buscando guerra, mira qué falda más corta lleva”

“Si te pones ese escote es para provocar”

“¿vas a salir así vestida?”

Estos son solo unos ejemplos de los cientos de frases que muchas mujeres escuchamos cada día, y lo peor de todo es que lo dicen tanto hombres como nosotras mismas (y luego nos quejamos si nos lo dicen a nosotras)

En serio, qué pereza es tener que pensar siempre cómo vestirse por lo que puedan opinar, o lo que es peor, por miedo a que se interpreten cosas que no son, ¿verdad?

Lo peor es el miedo. Porque a mi lo que puedan pensar, me entra por un oído y me sale por el otro. Pero una cosa es lo que piense la gente, y otra es lo que haga.

Resulta que hay un porcentaje de la sociedad, que piensa que si vas con un vestido corto y con los morros pintados de rojo pasión, es que estás llamando a gritos a un maromo. Lo peor es que por la calle no te encontrarás un maromo, sino un borracho de whisky barato que no sabe ni hablar y que creerá que por llevar ese vestido tiene derecho a decirte cualquier burrada.

Pues no, ni con vestido ni sin él. Ni con un cartel luminoso que ponga “free” en la cabeza. Si yo no quiero que me toquen, ni que se me acerquen con alguna intención, no lo van a hacer a menos que quieran mi mano grabada en su cara.

Me cansan estas situaciones. Me cansa el típico “cuando vuelvas a casa ponte algo más tapado, por si acaso”

¿Por si acaso? ¿En serio tengo que pensar en un por si acaso? ¿Tengo que ir con miedo de enseñar una pierna por si me la ve algún perturbado? ¿Tengo que ir corriendo a casa por si me sigue alguien desde el metro?

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Qué asco. Yo quiero ir con un vestido con escote si me apetece, o con tacones una noche de madrugada, o con unos leggings de purpurina si me da la gana. O si quiero ir con un chandal de mi padre, pues me lo pongo. Porque yo no me estoy vistiendo para nadie, me visto para mi y tengo derecho a no tener miedo lleve lo que lleve.

No estoy hablando de nada nuevo, este tema está en nuestra mesa y cada vez se lucha más porque esto se supere. Pero aun así, es una lucha que avanza a paso de tortuga.

Os podría contar mil anécdotas que gracias a Dior se han quedado en anécdota. Y seguro que vosotras también, así que sois libres de desahogaros por aquí, os animo. Os contaré una anécdota que me hizo hasta gracia por lo patético que fue.

Estaba yo con mis amigas de fiesta una noche cualquiera (cuando salía porque cada vez salgo menos), cuando se nos acercó un hombre, y digo hombre porque nos doblaba la edad, y nos preguntó una a una si queríamos bailar.

La respuesta, os la podéis imaginar: NO. Pero sin ser bordes, por supuesto, la educación es lo primero y si no me molestan yo no saco mi lado borde. Y entonces, viendo que su táctica no funcionaba, optó por quedarse a un lado y observarnos. Imaginaos a alguien que os observa mientras bailáis, habláis o bebeis. Qué incómodo, ¿no?

Pues así estábamos nosotras, incómodas. Y como no se le veía con ganas de moverse de nuestro lado, nos fuimos nosotras, con tan mala suerte que nos siguió y volvió al ataque. Pero esta vez, cambió su discurso y se dirigió a mi:

“No sé qué hacéis aquí solas si no queréis bailar con nadie, para eso iros”

Ah bueno, que ahora resulta que si bailo sola soy una marginada de la sociedad y me tengo que ir de las discotecas. O que mis amigas no son personas, y no lo sabía, y bailar con ellas no cuenta como “bailar con alguien”

Y la cosa no acaba aquí. Ese mismo hombre, volvió a dirigirse a una de mis amigas, a lo que ella contestó “Tengo novio” a ver si así el espécimen huía. Pero no, aún tenía guardado un as en la manga:

“Si tienes novio, ¿qué haces aquí?Así nos confundes”

Bueno, adiós, buena suerte con tu cerebro, si es que sigue debajo de tu calva. ¿En serio hay que escuchar esas cosas?

Me río por no llorar.

Y como esta anécdota, miles. Algunas graciosas y otras de terror.

 

Yo solo espero releer esto algún día y pensar, “Uf, qué época cuando no podía salir con una minifalda por la noche por miedo” mientras llego a mi casa a un ritmo normal, y no corriendo como siempre.

Pero mientras tanto, seguiremos con miedo y creedme, es asqueroso.

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Gotas que colman el vaso

Voy a reconocer que soy especial y que hay mil cosas que me resultan molestas, y cada vez más (eso será porque pasan los años y me vuelvo más irritable, como una señora)

Pero hay cosas que molestan a cualquier ser humano común, llamadlo manías o ser “tiquismiquis” pero son cosas que nos sacan de quicio y que tenemos que aguantar cada día. Y como seguramente, penséis igual que yo aunque no lo digáis, lo voy a decir yo por vosotros y después me contáis si soy la única que piensa así y si tengo que colgarme un cartel que ponga “rara” (pero sé que me vais a dar la razón porque taaaaaaan rara no soy, lo prometo)

  1. La gente que tiene una trituradora en vez de boca

Véase aquellos que mastican chicle con la boca abierta como si no hubiese mañana y te recuerdan que saben masticar porque cuando les tienes al lado oyes hasta el aire que les entra por la boca.

Eso por no hablar de la gente que al comer, se mete más comida de la que su boca puede almacenar y tienen que abrir la boca para conseguir masticar. Lo único que consiguen es hacer ruido, luchar por no ahogarse y que veas su comida cuando les miras. Eso si no hablan a la vez que comen, con lo que la situación anterior se vuelve el doble de aterradora.

Por favor, si alguien dijo una vez “en boca cerrada no entran moscas” también servía para esta situación. Un poco de compasión para los que sufrimos cuando vemos comida en bocas ajenas, o nos molesta el ruido de bocas masticando como hienas.

2. Miradas penetrantes

Esto no es una técnica de seducción. Hablo de la típica persona que se te queda mirando en el metro, bus, consulta del médico, etc…

Planteemos una situación gráfica:

Entras al autobús, llevas mil cosas en la mano y cuando logras encontrar el abono piensas “la próxima vez lo saco antes y ahorro tiempo”. Pasas el abono y te introduces en el bus buscando algún sitio donde apoyarte para no echar a volar cada vez que el señor autobusero frene “delicadamente como una mariposa”. Ves que lo de sentarte es imposible y decides que es más fácil buscar un hueco entre varias personas, así que te metes a duras penas en un mini espacio entre un señor con mochila (que la al parecer lleva su casa dentro y ocupa medio autobús) y dos señoras que se quejan de que la juventud no tiene educación, mientras van cargadas de bolsas de las rebajas que pesan más que su pensión.

Les rozas al pasar, y oyes como se quejan “pf, pf” pero te da igual, es eso o caerte así que pasas de largo. Y entonces, llega el esperado momento que tanto temías. Justo, enfrente de ti hay un chico (chico esta vez, porque puede ser un niño, una abuelita o una top model)

Te mira. Pero no en plan de reojo, te mira como si tu cara fuese un escaparate. Y piensas, ¿se habrá quedado pensando en algo y está mirando por mirar? Pero parpadea así que descartas esa opción. Miras hacia tu lado, a ver si por casualidad, no es a ti a quien mira. Pero no, definitivamente te mira a ti.

Ya empiezas a pensar de todo, desde que es un psicópata, hasta que tienes algo en la cara. Pero si nadie más me mira, será porque tan mal no voy ¿no?

También se te ocurre que te puede conocer, pero ¿de qué? Empiezas a pensar si te suena su cara, pero sigues sin caer.Y te empiezas a agobiar con preguntas que nadie te va a responder, y piensas en cuántas paradas te quedan para bajarte y dejar de aguantar miradas acusadoras.

¿Cómo alguien es capaz de aguantar tanto la mirada? Me quiero bajar ya, me está poniendo de los nervios. Entonces te bajas, y te miras al primer espejo que pillas por la calle. Resulta que no tenías nada raro en la cara, menos mal.

Estoy segura de que esto os ha pasado, a mi al menos me pasa cada semana y siempre me pone de los nervios.
3. Los regateos por la acera

Qué me decís de ese momento incómodo cuando, vas andando por la calle con algo de prisa y te cruzas a alguien de frente que está haciendo lo mismo que tú, os miráis, os apartais para dejaros pasar pero lo hacéis para el mismo lado y así durante 3 segundos en los que parece que estáis haciendo un juego de mímica.

Aunque eso siempre es mejor que ir por una acera estrecha e intentar esquivar a un grupo de cuatro señoras que al parecer, son un pack indivisible (como los yogures) y que no van a dejar pasar a nadie que vaya por detrás de ellas.
Si al menos, fuesen rápido. Pero no, encima provocan atascos. Luego dirán de los coches y el tráfico, pero los peatones también sufren atascos.

4. El vecino que no oye su despertador


Todos hemos tenido un vecino, en el bloque, comunidad o alrededores, que todas las mañanas poner el despertador a todo trapo y despierta a todo el mundo menos a él mismo.

Gracias por despertarme con radio olé, era la mejor manera de empezar un lunes. Haré lo mismo el sábado en tu puerta, con una sartén y una cuchara, a ver si te hace ilusión.

5. Ticket y cambio en la misma mano no, por favor!

Cuando pagas en el super, todavía estás metiendo las cosas en la bolsa, y ves que las cosas del siguiente cliente ya caen por la cinta, no hay nada peor que recibir el cambio a la vez que el ticket.

¿Me explicas con qué mano guardo las cosas, cojo el ticket y meto las monedas del cambio en el monedero? Según mis cálculos, me hace falta una mano.

Entonces pasa lo más temido: se te cae el cambio. Ves las monedas rodar y te despides por dentro, porque en lo más profundo de tu corazón sabes que alguna de esas monedas se ha perdido para siempre en el súper.

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Y con esto y un bizcocho, os he contado las cinco cosas que más me sacan de quicio (aunque hay muchas más)

Con un poco de suerte, alguien me entenderá. Y sino, pues al menos me he desahogado un poco.

Feliz semana superrayadas, y que no os devuelvan el cambio a la vez que el ticket!

Y si engorda, mejor.

Y si no me mata, ¿me hago más fuerte?

Tranquilos, no os vengo a convencer de que la comida basura y calórica es buena, aunque este post sí que tiene que ver con comer, al menos una parte.

Hoy quiero hablaros de algo que me pasa desde que tengo uso de mi ser: me gusta lo que no puedo tener, o lo que no me hace bien, o lo que me dicen que es imposible. En resumen:

“Dime que no puedo, y lo querré hacer”

Estoy completamente segura de que os pasa lo mismo, por eso os consolaré diciendo “No estás solo” como si esto fuese una reunión de alcohólicos anónimos y yo una alcohólica más (en realidad también podemos hablar de alcohol) pero empezaré hablando de comida.

¿Existe una relación entre lo atractivo y lo prohibido? ¿Por qué cuando nos dicen que no comamos algo en grandes cantidades, más lo queremos y mejor nos sabe? ¿Por qué tu madre esconde el chocolate en casa y no la olla del cocido, si también está muy rico?

Partiendo de la base de que muchas de las cosas que nos encantan tienen azúcar, y otroscomponentes que provocan  una sensación de “euforia” en nuestros sentidos y generan algo de adicción, hay que reconocer que lo que nos hace daño nos encanta, sin entrar en temas sadomasoquistas (eso a otra hora)

He empezado hablando de comida porque es una metáfora muy sencilla (metáfora, qué poética soy) pero esto va de la vida, de la atracción hacia lo que nos puede hacer daño, personas, comida, objetos, deportes… y una lista infinita de cosas.

O ¿es casualidad que alguna vez lo hayamos pasado mal por alguien que sabíamos que nos iba a hacer daño? Bueno, puede que al principio no sepas que una persona te va a hacer daño y te des cuenta más tarde, pero, ¿a que la mayoría de las veces sigues ahí, aunquesepas que vas a sufrir?

Eso, corazoncito de melón, es porque en el fondo piensas que eres capaz de cambiar la situación y no pasarlo mal. Y al final, acabas en un bucle en el que no consigues cambiar a esa persona ni consigues hacerte fuerte del todo, y siempre acabas en el mismo punto existencial preguntándote por qué eres tan idiota de seguir detrás de algo que te está quemando si mereces mucho más.

Lo peor de todo, es que muchas veces sabemos que vamos a llorar desde el principio y aun así LO HACEMOS. Porque pensamos, “ah no, a mi no me va  pasar, yo soy diferente”

Tú eres tonto, no hay otra palabra. Tú, y yo. Que yo también lo soy, ojo. Tonto porque sabesque te vas a caer, y aun así ayudas a cavar el hoyo. Tonto por querer cambiar cosas que no están en tu mano cambiar, cuando el primer cambio está en ti, en cómo te valores. Y si te sabes valorar, no te harán daño. Lo intentarán, pero no lo conseguirán.

Haz caso a tu amiga, que se está quedando afónica de decirte que dejes de hacer el tonto, y si te lo dice es porque ella seguramente haya pasado por lo mismo. En realidad, todos hemos tenido esa espina que nos dolía pero que no nos queríamos sacar pero algún día tendrás que sacarla, porque te vas a infectar.

Que sí, que nos encanta lo malo, lo prohibido, lo que nos da adrenalina. Pero hay un intermedio entre eso, y entre acabar llorando por las esquinas como un clinex usado. Está claro que el príncipe azul no se lleva, pero vida mía, ¡es que estás hablando con el lobo  sabes que te va a comer!

Pero no te preocupes, que esto se acaba. Un día llega la gota que colma el vaso, que a lo mejor es una tontería insignificante, pero colma el vaso del todo. Y te cansas de aguantar. Y dices, hasta nunca, no tengo tiempo para sufrir.

Antes de sufrir por tontos y tonterías, te animo a comerte esa palmera de chocolate que estás deseando catar, o a pedirte una pizza esta noche para cenar aunque rompas un día tu operación flotador, al menos sabes que no te harán daño al corazón. Bueno, si comes muchas sí.

Pero si sabes que te van a hacer daño, por favor, huye tan rápido como puedas, con palmera en el estómago incluida. Sobretodo si ya te lo han hecho antes, sabes lo que se siente, ¿para qué quieres repetir? A menos que, como he dicho antes, seas masoquista. Entonces vale, deja que te hagan daño (pero luego no llores, que nos conocemos)

Y dicho esto, voy a hacer caso de mi consejo y me voy a comer un trozo de chocolate, porque soy una rebelde y me gusta lo que no es bueno.

 

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Medias naranjas y otras frutas

Queridas personas a las que he hecho y haré daño: fue sin querer.

Te has pasado media vida buscando algo que seguramente no haya que buscar, que llega sin más sin avisar y sin llamar a ninguna puerta. 

Te hacen creer que en esta vida necesitas a tu media naranja, y al final te encuentras a ti mismo buscando naranjas cuando la naranja ni siquiera es tu fruta favorita.

Te convences de que lo que necesitas es eso. ¿Un mal día? La solución es siempre la misma.  Y entonces vas conociendo naranjas, y  la historia siempre es como un círculo vicioso, te sabes lo que pasará de memoria.

Conoces a alguien, te pica la curiosidad y te entran ganas de hacer cosas con esa persona. El primer día quieres hablar a todas horas, te molesta que tarde en contestar y quieres hacerle un interrogatorio a ver si su vida encaja con tu forma de vivir la vida, porque en lo más profundo de tu ser, necesitas que algo encaje.

Haces un estudio de sus redes sociales y ves sus fotos. En algunas fotos te encanta y en otras te echas para atrás. Pero bueno, al fin y al cabo, las fotos son fotos y cuando le viste en persona te gustó ¿verdad? No estás muy seguro pero para eso necesitas ver a esa persona otra vez, que las fotos engañan.

Quedais y estás a gusto. Hablando te das cuenta de que teneis cosas en común. Le encanta la pasta, qué casualidad ¿no? Va a veranear a la misma playa que tú, y piensas “el mundo es un pañuelo” Y entonces, empiezas a ver un cúmulo de casualidades que te hacen pensar que esa persona puede ser la adecuada porque no puede ser que alguien tenga tantas cosas en común contigo.

Bueno, primera noticia: a mucha gente le gusta la misma comida que a ti, mucha gente veranea donde tú veraneas y mucha gente hace lo mismo que tú cada día, pero tú estás pensando que esa persona es especial.

Y ahora viene el momento en el que le miras fijamente. ¿Te gusta? ¿Te atrae? Crees que sí. A ver, es guapo/a, y tiene algo que te llama la atención. No es que seas superficial, es que quieres que te llame la atención y te atraiga físicamente, eso no es malo. Pero, ¿te atrae de verdad o simplemente es agradable a tu vista? La verdad es que si tuviese otro peinado te gustaría más. Y a lo mejor si se vistiese de otra forma… Es que esa camiseta no le favorece nada.

Cariño, para el carro. Te estás yendo del tema. Si empiezas a plantearte cambiar cosas de alguien, es que mucho mucho no te está gustando. Pero bueno, puedes intentarlo, a lo mejor solo es que no sabes exactamente lo que quieres. Y te convences a ti mismo de seguir intentándolo porque, a lo mejor con el tiempo te gusta más.

 Vida, si tienes que convencerte de algo es porque no lo quieres de verdad. No hablo de amor a primera vista, a ver, esto no es una comedia romántica americana en la que chico conoce a chica, chica ve que es el amor de su vida en el momento en el que él cruza la calle y sin decirse nada más que un “Hola”. Pero tampoco es cuestión de autoconvencerte como cuando tu madre te decía que pescado era bueno para ti. Pero mamá, que no me gusta el pescado, ni en puré, ni rebozado, ni aunque me lo metas en un Mcflurry con KitKat, si no te gusta, no te gusta.

Y ese es el problema, que nos damos miles de pros para seguir intentando algo con alguien cuando sabemos que está destinado al fracaso y encima hacemos perder el tiempo a esa persona (y a nosotros mismos)

Cuando te gusta alguien lo sabes. Seguramente no sepas ni explicar qué es lo que te gusta, pero no hace falta. Yo no sé explicar por qué me gusta el color negro. Me gusta, y punto. Pega con todo, es elegante, me calma… Bueno, que me desvío del tema.

Pues eso. No intentes convencerte de cosas que no sientes, ni hagas perder el tiempo a la gente. Y si te dicen que para ser feliz necesitas a alguien, contesta que sí. A ti, te necesitas a ti.