Mejor sola, gracias

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Hoy es uno de esos días en los que no te apetece hacer nada social. Te apetece coger tus zapatillas y tus cascos, y andar, solo andar.

Así que eso haces, te vas. No tienes un destino fijo, solo te apetece pensar, estar contigo y nada más. Algún día te vas de compras, otro vas a correr, pero hoy solo quieres andar y andar.

Te pones los cascos y te dejas llevar. Ahora mismo, no necesitas más. No necesitas a nadie, no necesitas hablar, solo estar contigo misma. Y justo, cuando estás en tu mayor momento de tranquilidad oyes un “Hola, qué haces tan sola”

Adiós momento de tranquilidad, qué poco has durado.

Descubres que hay alguien a tu lado que ha decidido que estás muy sola y te va a dar charla y dices “No estoy sola” y te vas. Con tan mala suerte, que quiere seguir dándote conversación “¿Te importa que te acompañe?”

“Oye mira, déjame en paz. He venido sola, porque tomo mis propias decisiones y si quisiera estar acompañada, vendría con alguien a quien conozca” Piensas eso, pero ya te empieza a dar miedo esta situación así que intentas no ser muy borde, por si acaso estás hablando con un psicópata y contestas “No, gracias”

Y sigues andando. Pero notas que te sigue. Estás en la calle, y hay más gente pero te está molestando. Y empiezas a andar más deprisa.

Al final tu paseo se ha convertido en una maratón y ya no estás pensando en ti, sino en no encontrarte a nadie más que interrumpa tu soledad. Entonces, te das cuenta de que has corrido tanto que necesitas una parada para repostar, así que te sientas en el banco más cercano.

Ahí estás, sentada mirando al infinito sin pensar en nada. Pero en esos momentos, no lo cambiarías por nada. Y, de repente, notas como el banco se mueve y se hunde hacia la derecha. Alguien se ha sentado al otro lado.

Bueno, el banco es algo público, no me voy a poner nerviosa. Pero lo estás, ya no estás tan sola como quieres, pero te quedas. Y entonces, llega el temido momento que tanto esperabas y que no querías que pasase: la persona del banco te habla.

No sé si a vosotros os pasará, pero por educación siempre contesto a la gente que me habla, y en estos momentos no sé si es buena idea.

El caso es que te pregunta “Qué haces aquí tan sola” otra vez, otra persona, te pregunta lo mismo. De verdad ¿no hay otra pregunta en el mundo que hacerme? Me cansáis.

Y vuelves a repetir que no estás sola. Pero la persona tienes ganas de conversación y te sigue preguntando cosas. Al final, para huir rápidamente tienes que decir la típica y rápida excusa de “Mi novio me está esperando”

Pero, ahora seamos serios, ¿es necesario que tenga que decir que tengo novio para huir de una situación así? ¿No bastaría con decir que estoy a gusto sola para que me dejen en paz?

Me canso tanto de esta situación. No me pasa a mi sola, nos pasa a muchas y es una sensación horrible. Te sientes desprotegida. Ya puedes hacer boxeo, como ser culturista, da igual, es incómodo. No sueles tener miedo, pero en estos momentos lo tienes. Se te plantean mil situaciones en la cabeza, no sabes qué puede pasar. Y te vas.

Y no he hablado de ir a tomar algo sola. Nunca me ha gustado ir a comer o a tomar algo sin gente, pero a veces, lo haces porque tienes que hacerlo. Y ahí es aún peor.

Algunas personas, instantáneamente cuando te ven sola, piensan que necesitas compañía. Pues no, y menos la tuya, que no te conozco de nada y me molestas tío.

Qué pesadilla. ¿Algún día podremos salir solas, sin que nadie se replantee que estamos solas y nos moleste?

¿Algún día podré volver a casa sola sin tener que ir a 50 km por hora porque me da miedo que alguien me pare y me diga algo que no quiero oír?

Cuando yo veo a alguien solo, no le hablo. Intuyo que si está solo, es porque quiere. A menos que este llorando, o se vea en problemas. No sé, llamadlo sexto sentido, pero no me gusta molestar a las personas.

Pues haced lo mismo. Cuando voy sola, no llevo colgado un cartel que diga “Hola, estoy sola, habladme”

Solo quiero poder ir sola sin que nadie sienta la necesidad de acompañarme. Porque a veces, la soledad no es mala si la decides tú.

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Nadie te obligó a hacerme feliz

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Nadie te obligó a acercarte a mi ese día, con esos aires de “puedo conseguir todo lo que me proponga”

Nadie te obligó a pedir mi número, ni a insistir hasta que te lo di. Y pensé “Qué pesado”

Nadie te obligó a decirme que te encantaba mi sonrisa, y que lo que más te gustaba era cuando me daba cuenta y dejaba de sonreír como si me diese vergüenza.

Nunca te pedí que me regalases nada, ni si quiera los oídos. Pero ahí estabas tú, diciéndome que no podías dejar de mirarme, como si fuese un batido de oreo en medio de un menú sin calorías.

Me prometí a mi misma no creer a cualquiera, pero al fin y al cabo, dejaste de ser un cualquiera.

Nadie te obligaba a darme la mano si tenía frío o a comprarme chocolate si estaba triste. Nadie te pidió que me dieses los buenos días antes que nadie, pero ahí estaba cada día tu mensaje, como un despertador. Y me acostumbré. Me acostumbré a tus manos, a tus buenos días y a tus ojos encima de mi.

No sé, estaba feliz. Supongo que me hacías feliz porque me hacías las cosas fáciles. Era todo tan sencillo, tan bueno, tan rápido, que hasta a mi me parecía raro. Pero bueno, ¿por qué no? A veces las cosas salen bien, ¿verdad?

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Y me lo creí. ¿Cómo no te iba a creer, si me mirabas así, como si fuese una especie en peligro de extinción? Joder, me creí todo. Las verdades, las verdades a medias y las mentiras más gordas jamás contadas.

Pero no, no todo era tan bonito. Un día me hiciste bajar de la nube, de golpe y sin avisar. Y de repente, me di cuenta de que ya no eras capaz de decir la verdad. Que aunque te la pidiese a gritos, para ti era más fácil mentir.

No me puedo creer que fueses tan buen actor y yo una espectadora tan mediocre.

Pero no todo fueron mentiras, porque si hay algo que no miente, son los ojos. Y si de algo estoy segura, es de que hubo un momento en el que todo era verdad hasta que decidiste tirar por el camino fácil.

Recuerdo perfectamente el día y el momento en el que te conocí. Recuerdo el lugar y hasta lo que llevaba puesto, Recuerdo cómo me miraste,  y que ni me fijé en ti. Quizá fue eso lo que te gustó de mi, que me daba igual todo.

Me daba igual hasta que te conocí.

¿Y si no te hubiese dado mi número? ¿Y si hubiese sido simplemente una más a la que saludar una noche? ¿Y si me hubiese puesto mala el día que me querías invitar a cenar?

No estaría escribiendo esto. Pero seguramente, otra persona, en otro momento y en otro lugar, me hubiese hecho pasar por algo parecido y estaría aquí, despotricando ante una hoja en blanco pensando en otro nombre.

En realidad, te doy las gracias. Porque aunque solo fuese por un tiempo, me hiciste feliz. Y supongo que, si conseguiste eso, tan malo no pudiste ser.

Si me diesen a elegir entre haberte conocido o no conocerte, elijo la primera opción. Porque fuiste una de las historias que más me ha gustado releer. Y después de ti, sé lo que no quiero para mi.

Así que, aunque odie reconocerlo, encantada de conocerte.

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Sin anestesia, por favor

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¿Dónde está esa persona que soñaba despierta? ¿Esa que podías estar horas creando historias con cientos de finales alternativos? El premio a mejor guionista de cualquier drama romántico era para ti.

Tú, que te ilusionabas con un simple “Hola” y que podías pasarte las noches en vela pensando en mil historias en las que te encontrabas con “llamemoslo X”.

Y te encantaba. Te encantaba soñar, te encantaba tener a alguien en quién pensar, alguien que te diese motivos para desvelarte de madrugada y incluso un motivo por el que llorar. Dicen que las personas soñadoras son más felices porque en su mundo siempre existe una posibilidad de que ocurra algo que otros creen imposible.

Tú lo creías. Te podían hacer llorar, te podían decir que no mil veces, pero siempre existía esa posibilidad que te hacía decirte “Sigue” Y eso, eso era lo que te llenaba de vida.

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Y de repente, un día conociste a alguien que te cambió los esquemas. Te hizo sentir tanto, tan fuerte y tan rápido, que cuando se acabó, se lo llevó todo consigo y te quedaste ahí, intentando abrazar el aire sin ganas. Se llevó tus ganas, eso que siempre habías tenido en todo lo que hacías, y te vació como el que se bebe un vaso de cerveza de un trago y deja solo espuma. Tú eras espuma al fondo de un vaso, sin fuerza para salir y sin ganas de intentarlo.

Intentaste ser quien eras, intentaste sentir. Pero a medida que pasaba el tiempo, te resultaba más difícil querer. Querías querer, pero ¿cómo se puede forzar algo que tiene que salir de dentro? No podías, y cuanto más lo intentabas, a más personas ibas ahogando a tu paso. Porque, igual que tú no sentías nada, las personas con las que te encontrabas sí lo hacían y, sin saberlo, estabas haciendo lo mismo que te hicieron a ti.

Menudo asco. Querías sentir tan fuerte como antes, querías que llegase alguien y te cambiase los esquemas y te revolviese el corazón otra vez. Necesitabas que te diese un mini infarto al leer ” su nombre” en un whatsapp, y es que, te daba igual sufrir un poquito si con eso volvías a sentir algo. Y por más personas que conocías, ninguna te hacía sentir nada.

Llegaste a pensar que eras insensible, que te habías vuelto de piedra. Pero no, relax, solamente te pusieron anestesia.

Y de repente, te diste cuenta de que no estabas tan mal. Que todo ese tiempo en el que no habías conocido a nadie que te hiciese sentir algo fuerte, te habías conocido a ti mismo tanto, que cada vez tenías más claro lo que querías en tu vida.

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Y ahora, llegados a este punto hay algo tienes muy claro, y es que no quieres sufrir. Quieres sentir, quieres querer y quieres soñar. Pero lo justo en esta vida es que la persona con la que quieras hacer todo eso, haga lo mismo contigo. Y sino, que se vuelva por donde ha venido porque tú ya sabes lo que quieres: te quieres a ti.

No te preocupes, llegará esa persona que te haga sentir mariposas, olas, terremotos o lo que sea que te remueva por dentro, pero llegará cuando menos te lo esperes, como todo lo bueno en esta vida, que llega tarde y sin avisar.

Pero mientras tanto, sal del fondo del vaso, que el mundo es muy bonito como para verlo desde abajo. 

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Sin avisar, viniste y te vas

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Llegaste así, sin avisar, me pillaste desprevenida y sin tiempo de reaccionar. Y sin saberlo, llegaste cuando más lo necesitaba. Porque no necesitaba nada en concreto, te necesitaba a ti.

Recuerdo que pensé que sería una historia más, una de esas del montón, de las que solo recuerdas cuando lees conversaciones de whatsapp antiguas. Ay, amiga. Qué equivocada estabas.

Fue más, mucho más. Llegaste para quedarte. Llegaste para dejar huella, y tal cual viniste, te fuiste. Y me mataste. De golpe y sin anestesia.

Te volviste tan imprescindible. Yo, que nunca había dependido de nadie, que prefería volar sola, de repente quería todo contigo. Y sin querer, me acostumbré a ti. Costumbre, vamos a llamarlo así.

Me acostumbré a tus buenos días, me acostumbré a tus ruidos al comer, me acostumbré a tu olor y a tu forma de sacarme de mis casillas. Me acostumbré a tantas cosas, cada día un poco más, que cuando me di cuenta de ello ya era demasiado tarde,

Yo, que siempre dije que era independiente. Que podía hacer todo sola y que quien quisiera, que me siguiera. Esa misma que se reía de las películas de Disney, ahora estaba preguntándose cómo se había acostumbrado a algo tan fácilmente.

Y, de repente, ya no estabas. Y entonces me di cuenta de que necesitaba todo eso. De que necesitaba los buenos días, los ruidos, tu olor y hasta discutir. Porque todo eso, por muy sencillo que fuese, me llenaba los días.

Y me di aún más cuenta cuando vi que nadie más era capaz de darme todo eso, no de la misma manera. Me he pasado un tiempo buscando eso mismo en muchas personas, cuando en el fondo sé que eso solo eras capaz de dármelo tú. Porque, al fin y al cabo, no es lo que haces, sino con quién lo haces. 

No sé cómo lo hiciste, pero no lo consiguió nadie más. Conseguiste alterar mi calma, conseguiste que una cuerda se volviese loca. Pero sobretodo, conseguiste que me diese cuenta de una cosa:

Que las mejores cosas llegan solas, sin que busques, sin que llames, sin que estés atento. 

Cuando era pequeña, mi madre siempre me decía que mirase al frente, que en el suelo no encontraría nada. Pero no es verdad. Lo primero que vi de ti fueron tus zapatillas (y recuerdo que no me gustaron nada)

Y no sé, lo mismo un día de estos llega alguien a cambiarme los esquemas y alterarme la sangre. Pero prefiero no saber cuándo, me gustan las sorpresas.

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Perdóname si alguna vez …

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Perdóname si alguna vez te hice daño, porque no quería.

Perdóname si te quedaste esperando horas y días a que contestase tus mensajes, sin ninguna respuesta.

Perdóname si esperabas algo más de mi, no pude darte más.

Perdóname por hacerte perder el tiempo, seguramente podrías haberlo derrochado en algo mejor que en escuchar mis excusas.

Perdóname por no sentir lo mismo que tú has sentido, por no poder convencer a mi cerebro y a mi corazón para que tomen las mismas decisiones.

Y es que, al final siempre he hecho caso al corazón. A ese loco suicida que no piensa y solo siente. Y mientras él me decía que me fuese, mi cerebro me repetía “Sigue, es lo correcto para ti” Pero, ¿a mi qué me importa que sea lo correcto si no me hace feliz? Si por mucho que busque razones lógicas, por muchas listas de pros que haga, si no me llena, no me sirve. Yo quiero sentimientos completos, nada de sentir a medias.

Lo siento, pero no voy a hacerte perder el tiempo. No eres para mi, lo sé, simplemente porque si fueses para mi no dudaría ni un momento en intentar algo por muy imposible que fuese, por muy difícil o por mucho daño que me hiciese.

Y me dirán “inténtalo, no pierdes nada” Qué pesados, sois muy pesados. ¿Cómo que no pierdo nada? Pierdo y hago perder. Pierdo tiempo, pierdo ganas y pierdo ilusión. Y hago perder lo mismo a las personas que esperan algo de mi.

Esto es como empezar una carrera que sabes que no te gusta, a la que no te quieres dedicar y que sabes que suspenderás. ¿Para qué vas a hacer eso? ¿Para qué seguir con algo que sabes que no tiene futuro en tu vida, algo que no te completa?

Esta claro que no sé lo que me va a hacer completamente feliz, nadie lo sabe, porque la vida da mil vueltas y el futuro no está escrito. Pero lo que sí sé, es lo que no quiero. Solo con saber eso, puedo estar unos centímetros más cerca de lo que me hará feliz, y eso, me basta.

Y si te digo que me olvides, hazlo. Y si te digo que no me escribas, hazlo. Y si te digo que estoy agobiada, que no puedo más y que no tengo tiempo, hazme caso. Seguramente me arrepienta con el tiempo, seguramente piense en lo estúpida que he sido, pero deja que me de cuenta yo sola.

No sé a ti, pero a mi me hubiese encantado que ciertas personas me hubiesen dicho esto a su debido tiempo. Me hubiese ahorrado tanto… tanto tiempo perdido, tantas noches pensando qué hacía mal, tantos mensajes sin contestar.

Nos da miedo hacer daño diciendo lo que sentimos, y al final hacemos más daño por no decirlo. Nadie es adivino, hablemos claro. ¿Sientes algo? Dímelo. Y si no lo sientes, también.

A  lo que iba. Que lo siento. No te enfades, sabes que no es mi culpa ni la tuya. Sabes que nadie es dueño de lo que siente, y que si lo fuese la vida sería un verdadero aburrimiento. Duele, sí. Pero así supongo que es más entretenido. Y al final, nos gusta lo que nos hace la vida un poco más complicada, o al menos a mi sí.

Perdóname por querer sentir cuando no puedo, ojalá seas feliz con alguien que pueda sentir lo que no he sentido yo, porque te lo mereces. Y yo. Y todos. Nos merecemos sentimientos completos, nada de vasos a medias ni de dudas.

Nos merecemos sentir, y ser sentidos.

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Escucha, eres perfecta.

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Tú, que te miras al espejo de reojo para comprobar si se te ha movido un pelo después de peinarte.

Tú, que te cambias diez veces de ropa antes de salir con algo con lo que te sientas segura.

Tú, que te sientes mal después de tomarte esa onza de chocolate a las tantas de la noche y crees que has traicionado tu dieta, esa dieta que empiezas cada lunes.

Tú, que cuando notas que alguien te mira fijanente, bajas la mirada pensando que así pasarás desapercibida.

Tú, que no te atreves a ponerte “ese vestido” por el que dirán.

Tú, que te sientes más segura después de pintarte los labios.

Tú, que buscas el filtro de instagram perfecto, y después de decidirte, quieres volver atrás y elegir otro.

Tú, que eres insegura como todas, lo demuestres o no. Que te buscas defectos que seguramente nadie ve, porque quieres la perfección.

Pero niña, la perfección no la decide nadie, la perfección es tan subjetiva que por mucho que la busques, nunca llegarás a ser perfecta para todo el mundo.

Para algunos sí, e incluso otros, sabiendo que eres imperfecta, necesitarán que seas así porque eso es lo que te hace diferente de la mujer que tienes sentada al lado en el bus, de la modelo de Calvin Klein de las marquesinas, y de tu tía la del pueblo.

Escucha, eres perfecta porque eres imperfecta.

Deja de pensar que ese tío no habla contigo porque no le gusten tus ojos, o porque no seas su tipo.

Deja de intentar aparentar lo que no eres por gustar a alguien.

Deja de agobiarte cada vez que cenas algo de más.

Deja de compararte con otros, deja de machacarte.

Y ahora dime, ¿alguna vez has hecho algo que no querías, solamente por gustar a alguien, por su aprobación?

Eso es como disfrazarse en carnavales. Un día puede valer, puedes fingir ser lo que no eres, pero esa no eres tú. Es un disfraz.

Se tú misma. Quiérete, porque nadie te va a querer más que tú misma. Y si tú ves lo bueno en ti, los demás lo verán.

La clave está en sacar lo mejor de ti, aprovecha lo que tienes.

Nadie tiene tus ojos, mira fijamente a quien te mire.

Nadie tiene tu boca, sonríe.

Nadie tiene tu pelo, siempre hecho un lío, pero joder, ¡vaya pelo! ¡Sueltátelo!

Nadie tiene esas piernas, pues baila con ellas.

No tienes el pelo de la chica pantene, ni los labios de Kylie Jenner (operados, por cierto), ni la estatura de una modelo de Victoria’s Secret pero, ¿y qué?

Estoy segura de que ellas, si te viesen, querrían tener algo que tienes tú. Porque el ser humano es así, se compara, se machaca y quiere lo que no puede tener.

Y así, solo entras en un bucle de “Si tuviese ese pelo” “Que guapa estaría con las labios más grandes” “Si tuviese más pecho, tendría un tipazo”

A ver, no seas tonta. Si tuvieses todo eso seguramente te buscarías otras pegas, y querrías más. Somos insaciables.

Así que ahora coje tu sonrisa, y te la llevas de paseo. Y si alguien se atreve a decirte que hoy no vas guapa, dile “Mi espejo no dice lo mismo”

Ah, que sepas que la gente que te critica es la más insegura. Si te insultan, o te miran de reojo, es que tienes algo que ellos no tienen, algo que les gusta de ti pero no quieren que lo sepas.

La única persona que te puede decir que tienes un problema de peso es tu médico o tus amigos, por tu salud, no por entrar en un canon u otro. O tú misma, porque quieras superarte, pero nadie más.

La única persona que te puede decir que tienes mal la piel, es tu dermatólogo.

La única persona que puede criticar tus ojos es tu óptico.

Y así, con todo.

Pero sobretodo tú, deja de criticarte, porque así eres perfecta. Con tus pelos de loca, con tus muslos, con tus estrías y con tu sonrisa asimétrica. Y al que te diga lo contrario, no le escuches.

Escúchame a mi: eres perfecta.

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Libres domingos y domingas!

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“Esa va buscando guerra, mira qué falda más corta lleva”

“Si te pones ese escote es para provocar”

“¿vas a salir así vestida?”

Estos son solo unos ejemplos de los cientos de frases que muchas mujeres escuchamos cada día, y lo peor de todo es que lo dicen tanto hombres como nosotras mismas (y luego nos quejamos si nos lo dicen a nosotras)

En serio, qué pereza es tener que pensar siempre cómo vestirse por lo que puedan opinar, o lo que es peor, por miedo a que se interpreten cosas que no son, ¿verdad?

Lo peor es el miedo. Porque a mi lo que puedan pensar, me entra por un oído y me sale por el otro. Pero una cosa es lo que piense la gente, y otra es lo que haga.

Resulta que hay un porcentaje de la sociedad, que piensa que si vas con un vestido corto y con los morros pintados de rojo pasión, es que estás llamando a gritos a un maromo. Lo peor es que por la calle no te encontrarás un maromo, sino un borracho de whisky barato que no sabe ni hablar y que creerá que por llevar ese vestido tiene derecho a decirte cualquier burrada.

Pues no, ni con vestido ni sin él. Ni con un cartel luminoso que ponga “free” en la cabeza. Si yo no quiero que me toquen, ni que se me acerquen con alguna intención, no lo van a hacer a menos que quieran mi mano grabada en su cara.

Me cansan estas situaciones. Me cansa el típico “cuando vuelvas a casa ponte algo más tapado, por si acaso”

¿Por si acaso? ¿En serio tengo que pensar en un por si acaso? ¿Tengo que ir con miedo de enseñar una pierna por si me la ve algún perturbado? ¿Tengo que ir corriendo a casa por si me sigue alguien desde el metro?

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Qué asco. Yo quiero ir con un vestido con escote si me apetece, o con tacones una noche de madrugada, o con unos leggings de purpurina si me da la gana. O si quiero ir con un chandal de mi padre, pues me lo pongo. Porque yo no me estoy vistiendo para nadie, me visto para mi y tengo derecho a no tener miedo lleve lo que lleve.

No estoy hablando de nada nuevo, este tema está en nuestra mesa y cada vez se lucha más porque esto se supere. Pero aun así, es una lucha que avanza a paso de tortuga.

Os podría contar mil anécdotas que gracias a Dior se han quedado en anécdota. Y seguro que vosotras también, así que sois libres de desahogaros por aquí, os animo. Os contaré una anécdota que me hizo hasta gracia por lo patético que fue.

Estaba yo con mis amigas de fiesta una noche cualquiera (cuando salía porque cada vez salgo menos), cuando se nos acercó un hombre, y digo hombre porque nos doblaba la edad, y nos preguntó una a una si queríamos bailar.

La respuesta, os la podéis imaginar: NO. Pero sin ser bordes, por supuesto, la educación es lo primero y si no me molestan yo no saco mi lado borde. Y entonces, viendo que su táctica no funcionaba, optó por quedarse a un lado y observarnos. Imaginaos a alguien que os observa mientras bailáis, habláis o bebeis. Qué incómodo, ¿no?

Pues así estábamos nosotras, incómodas. Y como no se le veía con ganas de moverse de nuestro lado, nos fuimos nosotras, con tan mala suerte que nos siguió y volvió al ataque. Pero esta vez, cambió su discurso y se dirigió a mi:

“No sé qué hacéis aquí solas si no queréis bailar con nadie, para eso iros”

Ah bueno, que ahora resulta que si bailo sola soy una marginada de la sociedad y me tengo que ir de las discotecas. O que mis amigas no son personas, y no lo sabía, y bailar con ellas no cuenta como “bailar con alguien”

Y la cosa no acaba aquí. Ese mismo hombre, volvió a dirigirse a una de mis amigas, a lo que ella contestó “Tengo novio” a ver si así el espécimen huía. Pero no, aún tenía guardado un as en la manga:

“Si tienes novio, ¿qué haces aquí?Así nos confundes”

Bueno, adiós, buena suerte con tu cerebro, si es que sigue debajo de tu calva. ¿En serio hay que escuchar esas cosas?

Me río por no llorar.

Y como esta anécdota, miles. Algunas graciosas y otras de terror.

 

Yo solo espero releer esto algún día y pensar, “Uf, qué época cuando no podía salir con una minifalda por la noche por miedo” mientras llego a mi casa a un ritmo normal, y no corriendo como siempre.

Pero mientras tanto, seguiremos con miedo y creedme, es asqueroso.

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