¿Será diferente?

Estás hasta las narices de conocer a personas que no te aportan nada, personas de paso por tu vida que se van igual que han venido. Te resignas a pensar que vas a estar así toda tu vida, porque para estar con alguien así, mejor estar tú solito.

No necesitas a nadie, estás a gusto con tus amigos, familia y contigo mismo, pero a veces, te viene esa sensación de soledad que ninguno de los anteriores va a poder llenar. Pero te dices “deja de pensar en tonterías, no hay nadie que merezca la pena” o empiezas a pensar que eres demasiado exigente. ¿Demasiado exigente? Es que si no me gusta, no me gusta y punto.

Y cuando estás al límite, cuando pasas de todo y solo ves el amor en películas y en Instagram, llega alguien. Y piensas ” Pf, qué pereza” pero te dices a ti mismo, “lo voy a intentar” y luego tus amigas, que son más pesadas que un buey, te empiezan a decir “inténtalo, no pierdes nada”, “es que eres muy exigente” “por lo menos no estás en casa viendo la tele” Y al final, pues le das una oportunidad por no escuchar a nadie, pero tú en tu casa viendo una serie estabas súper a gusto, a ver quién es el guapo que supera eso.

Y llega el día. Quedas con esa persona y te das cuenta de que no te lo has pasado tan mal, que igual hasta quedas otra vez. Y empiezas a convertirlo en rutina. Porque al principio la excusa era que “te quitaba el aburrimiento” pero es que ahora, te apetece ver a esa persona y has llegado incluso y mover planes por ella. Y te das cuenta de que puedes sacar tiempo que antes no tenías.

Y encima, para colmo, habláis todos los días. Tú, que pasabas del móvil y solo contestabas a lo imprescindible.

Mierda. ¿Se habrá vuelto imprescindible? A ver, calma. Que a lo mejor te estás confundiendo y mañana te aburres. Pero no, no te aburres. Y no te agobia que te hable, aunque sea para una tontería, eso sí que es raro. Tú, que te agobias con el grupo de tu familia mandando fotos de gatos.

Y entonces llega la temida pregunta: ¿será como los demás? ¿Se irá, o me saldrá rana y resultará ser una persona diferente a lo que creo que es? Es tarde para retirarse, así que ya lo comprobaré.

Siempre he pensado que me gusta sufrir, porque hasta que no sé si alguien está 100% para mi, no me retiro y normalmente están al 60% y eso no basta. A lo mejor lloro, a lo mejor me llamo idiota mil veces por volver a caer otra vez pero, prefiero caer y que haya una posibilidad de que salga bien a irme sin saberlo.

Yo solo te pido una cosa, persona nueva, y es que si te vas a ir, hazlo ya. Hazlo antes de que no quiera que te vayas. Hazlo antes de que te pueda odiar.

Y si te vas a quedar, te voy buscando un hueco en este desorden.

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¿Qué somos?

La frase. ESA frase que puede arruinarlo todo, esa frase que nunca queremos decir hasta que no estamos seguros de que “somos algo”.

¿Qué somos? Estás en ese punto en el que estás a gusto, tan a gusto que te planteas si la otra persona está igual que tú, o es que tú estás sintiendo más de lo que deberías. Qué miedo, no sabes qué hacer. ¿Le preguntas qué sois, o te callas hasta que estés más seguro?

Pero vas a explotar, y lo acabarás diciendo. Y entonces pueden pasar dos cosas: que esa persona sienta lo mismo y quiera que seais “algo” o que se agobie pensando que lo de “qué somos” significa que te quieres casar y tener hijos.

No, mi alma. No significa que quiera atarme a ti de por vida, significa que quiero saber qué hacer con mi vida si vas a ocupar una parte en ella. Si no vas a ocuparla, la puedo rellenar con otra cosa pero dímelo para ir buscando hueco.

A veces creo que la traducción del “qué somos” es “te amo, me quiero casar contigo y tener 8 hijos y llamarles como a mis actores favoritos” Dios mío, qué bien se os da leer entre lineas, tanto que leéis cosas que ni pensamos.

Cuando alguien te hace esa pregunta, solo quiere saber si estás en el mismo punto que él, si sientes lo mismo y si quieres que seais algo. No te agobies man, que no significa nada más!

Eso sí, te voy a dejar una cosa clara. Si me contestas a esto, contesta bien. Nada de medias tintas ni nada de mentiras piadosas. Si quieres solo un entretenimiento, dilo, a lo mejor yo quiero lo mismo o a lo mejor, te mando a tu casa pero dímelo.Si quieres una amiga, pues vale, pero dilo ya por si mi cabeza decide que quiere ser otra cosa. Si quieres quererme, como amiga, entretenimiento y como todo lo que te puedas imaginar, el momento de decirlo es ahora, porque sino puede que lo haga otra persona.

Así que si alguna vez te pregunto “qué somos” no huyas, dime las cosas claras, que ya somos mayorcitos.

No estamos para perder el tiempo. Ni para que nos quieran a medias.

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¿Quién quieres ser?

¿Alguna vez te has preguntado si lo que estás haciendo te hace feliz? ¿Si te ves toda tu vida así, o si te gustaría cambiar algo, o todo en general?

¿Alguna vez te has planteado como quieres que sea tu vida, no sé, en 10 años? Si quieres tener hijos, rodearte de 20 gatos, un caballo, o vivir en el campo y cultivar hortalizas. Lo que quieras.

Estoy segura de que que lo has pensado, y seguro que te has agobiado pensando que todo eso está muy lejos, que todavía no quieres pensar en ello. Y te dices, voy a vivir. Voy a aguantar un poquito más, aunque lo que estés viviendo no te encante y aunque no sea tu vida ideal, siempre intentas aguantar “un poquito” más.

Lo peor de eso, es cuando ese poquito se convierte en un muchito y acabas viviendo una vida que no quieres. Por eso te vuelvo a preguntar ¿lo que estás haciendo te hace feliz? O al menos, ¿crees que te va a hacer feliz, o que te va a ayudar a serlo en un futuro?

Si es así, adelante. Sigue un poco más, porque a veces para llegar a lo que queremos nos toca pasar por caminos que no nos entusiasman. Pero si estás estancado, si no avanzas y si estás en la pura miseria planteándote tu existencia y comiendo helado para llenar tu vacío, HUYE. A la primera oportunidad que tengas de cambiar tu vida, HUYE. Porque sino, te estancarás.

Esto es como una relación que va mal. A veces alargas el sufrimiento, pensando que va a mejorar. Pero no, hijo mío, eso no mejorará. Y si sigues intentando algo imposible, al final acabará en catástrofe.

Tenemos toda la vida por delante, pero nadie te dice lo que va a durar. Mi consejo es que la aproveches al máximo, que no dejes nada por hacer ni por decir y que si crees que hay algo que te va a hacer feliz, lo intentes.

Siempre me ha dado miedo no aprovechar al máximo la vida, por eso a veces ni duermo. Porque 24 horas al día me parecen pocas para vivir todo lo que quiero vivir. Pero no me hagáis caso en eso, hay que dormir, que luego os salen ojeras.

Piensa en el futuro, en su justa medida, pero piensa sobretodo en el presente. Porque al final, el futuro llega enseguida y el presente es lo que te toca vivir en este momento.

Ah y otra cosa te digo, no hagas caso a lo que la gente te cuente sobre la felicidad. Cada uno tiene su propio concepto de felicidad. Que no te digan que tienes que tener hijos, o una casa en la ciudad, o un coche grande. Ten lo que te salga de las narices tener, como si quieres comprarte un periquito y hablarle todas las mañanas. Pero tu felicidad es tuya, y tú sabes lo que necesitas.

Y dicho esto, me voy a la nevera, a comerme un trozo de Milka Cookies porque me hace feliz. Y porque ya pensaré en las calorías, no sé, mañana.

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Mejor sola, gracias

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Hoy es uno de esos días en los que no te apetece hacer nada social. Te apetece coger tus zapatillas y tus cascos, y andar, solo andar.

Así que eso haces, te vas. No tienes un destino fijo, solo te apetece pensar, estar contigo y nada más. Algún día te vas de compras, otro vas a correr, pero hoy solo quieres andar y andar.

Te pones los cascos y te dejas llevar. Ahora mismo, no necesitas más. No necesitas a nadie, no necesitas hablar, solo estar contigo misma. Y justo, cuando estás en tu mayor momento de tranquilidad oyes un “Hola, qué haces tan sola”

Adiós momento de tranquilidad, qué poco has durado.

Descubres que hay alguien a tu lado que ha decidido que estás muy sola y te va a dar charla y dices “No estoy sola” y te vas. Con tan mala suerte, que quiere seguir dándote conversación “¿Te importa que te acompañe?”

“Oye mira, déjame en paz. He venido sola, porque tomo mis propias decisiones y si quisiera estar acompañada, vendría con alguien a quien conozca” Piensas eso, pero ya te empieza a dar miedo esta situación así que intentas no ser muy borde, por si acaso estás hablando con un psicópata y contestas “No, gracias”

Y sigues andando. Pero notas que te sigue. Estás en la calle, y hay más gente pero te está molestando. Y empiezas a andar más deprisa.

Al final tu paseo se ha convertido en una maratón y ya no estás pensando en ti, sino en no encontrarte a nadie más que interrumpa tu soledad. Entonces, te das cuenta de que has corrido tanto que necesitas una parada para repostar, así que te sientas en el banco más cercano.

Ahí estás, sentada mirando al infinito sin pensar en nada. Pero en esos momentos, no lo cambiarías por nada. Y, de repente, notas como el banco se mueve y se hunde hacia la derecha. Alguien se ha sentado al otro lado.

Bueno, el banco es algo público, no me voy a poner nerviosa. Pero lo estás, ya no estás tan sola como quieres, pero te quedas. Y entonces, llega el temido momento que tanto esperabas y que no querías que pasase: la persona del banco te habla.

No sé si a vosotros os pasará, pero por educación siempre contesto a la gente que me habla, y en estos momentos no sé si es buena idea.

El caso es que te pregunta “Qué haces aquí tan sola” otra vez, otra persona, te pregunta lo mismo. De verdad ¿no hay otra pregunta en el mundo que hacerme? Me cansáis.

Y vuelves a repetir que no estás sola. Pero la persona tienes ganas de conversación y te sigue preguntando cosas. Al final, para huir rápidamente tienes que decir la típica y rápida excusa de “Mi novio me está esperando”

Pero, ahora seamos serios, ¿es necesario que tenga que decir que tengo novio para huir de una situación así? ¿No bastaría con decir que estoy a gusto sola para que me dejen en paz?

Me canso tanto de esta situación. No me pasa a mi sola, nos pasa a muchas y es una sensación horrible. Te sientes desprotegida. Ya puedes hacer boxeo, como ser culturista, da igual, es incómodo. No sueles tener miedo, pero en estos momentos lo tienes. Se te plantean mil situaciones en la cabeza, no sabes qué puede pasar. Y te vas.

Y no he hablado de ir a tomar algo sola. Nunca me ha gustado ir a comer o a tomar algo sin gente, pero a veces, lo haces porque tienes que hacerlo. Y ahí es aún peor.

Algunas personas, instantáneamente cuando te ven sola, piensan que necesitas compañía. Pues no, y menos la tuya, que no te conozco de nada y me molestas tío.

Qué pesadilla. ¿Algún día podremos salir solas, sin que nadie se replantee que estamos solas y nos moleste?

¿Algún día podré volver a casa sola sin tener que ir a 50 km por hora porque me da miedo que alguien me pare y me diga algo que no quiero oír?

Cuando yo veo a alguien solo, no le hablo. Intuyo que si está solo, es porque quiere. A menos que este llorando, o se vea en problemas. No sé, llamadlo sexto sentido, pero no me gusta molestar a las personas.

Pues haced lo mismo. Cuando voy sola, no llevo colgado un cartel que diga “Hola, estoy sola, habladme”

Solo quiero poder ir sola sin que nadie sienta la necesidad de acompañarme. Porque a veces, la soledad no es mala si la decides tú.

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Nadie te obligó a hacerme feliz

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Nadie te obligó a acercarte a mi ese día, con esos aires de “puedo conseguir todo lo que me proponga”

Nadie te obligó a pedir mi número, ni a insistir hasta que te lo di. Y pensé “Qué pesado”

Nadie te obligó a decirme que te encantaba mi sonrisa, y que lo que más te gustaba era cuando me daba cuenta y dejaba de sonreír como si me diese vergüenza.

Nunca te pedí que me regalases nada, ni si quiera los oídos. Pero ahí estabas tú, diciéndome que no podías dejar de mirarme, como si fuese un batido de oreo en medio de un menú sin calorías.

Me prometí a mi misma no creer a cualquiera, pero al fin y al cabo, dejaste de ser un cualquiera.

Nadie te obligaba a darme la mano si tenía frío o a comprarme chocolate si estaba triste. Nadie te pidió que me dieses los buenos días antes que nadie, pero ahí estaba cada día tu mensaje, como un despertador. Y me acostumbré. Me acostumbré a tus manos, a tus buenos días y a tus ojos encima de mi.

No sé, estaba feliz. Supongo que me hacías feliz porque me hacías las cosas fáciles. Era todo tan sencillo, tan bueno, tan rápido, que hasta a mi me parecía raro. Pero bueno, ¿por qué no? A veces las cosas salen bien, ¿verdad?

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Y me lo creí. ¿Cómo no te iba a creer, si me mirabas así, como si fuese una especie en peligro de extinción? Joder, me creí todo. Las verdades, las verdades a medias y las mentiras más gordas jamás contadas.

Pero no, no todo era tan bonito. Un día me hiciste bajar de la nube, de golpe y sin avisar. Y de repente, me di cuenta de que ya no eras capaz de decir la verdad. Que aunque te la pidiese a gritos, para ti era más fácil mentir.

No me puedo creer que fueses tan buen actor y yo una espectadora tan mediocre.

Pero no todo fueron mentiras, porque si hay algo que no miente, son los ojos. Y si de algo estoy segura, es de que hubo un momento en el que todo era verdad hasta que decidiste tirar por el camino fácil.

Recuerdo perfectamente el día y el momento en el que te conocí. Recuerdo el lugar y hasta lo que llevaba puesto, Recuerdo cómo me miraste,  y que ni me fijé en ti. Quizá fue eso lo que te gustó de mi, que me daba igual todo.

Me daba igual hasta que te conocí.

¿Y si no te hubiese dado mi número? ¿Y si hubiese sido simplemente una más a la que saludar una noche? ¿Y si me hubiese puesto mala el día que me querías invitar a cenar?

No estaría escribiendo esto. Pero seguramente, otra persona, en otro momento y en otro lugar, me hubiese hecho pasar por algo parecido y estaría aquí, despotricando ante una hoja en blanco pensando en otro nombre.

En realidad, te doy las gracias. Porque aunque solo fuese por un tiempo, me hiciste feliz. Y supongo que, si conseguiste eso, tan malo no pudiste ser.

Si me diesen a elegir entre haberte conocido o no conocerte, elijo la primera opción. Porque fuiste una de las historias que más me ha gustado releer. Y después de ti, sé lo que no quiero para mi.

Así que, aunque odie reconocerlo, encantada de conocerte.

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Sin anestesia, por favor

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¿Dónde está esa persona que soñaba despierta? ¿Esa que podías estar horas creando historias con cientos de finales alternativos? El premio a mejor guionista de cualquier drama romántico era para ti.

Tú, que te ilusionabas con un simple “Hola” y que podías pasarte las noches en vela pensando en mil historias en las que te encontrabas con “llamemoslo X”.

Y te encantaba. Te encantaba soñar, te encantaba tener a alguien en quién pensar, alguien que te diese motivos para desvelarte de madrugada y incluso un motivo por el que llorar. Dicen que las personas soñadoras son más felices porque en su mundo siempre existe una posibilidad de que ocurra algo que otros creen imposible.

Tú lo creías. Te podían hacer llorar, te podían decir que no mil veces, pero siempre existía esa posibilidad que te hacía decirte “Sigue” Y eso, eso era lo que te llenaba de vida.

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Y de repente, un día conociste a alguien que te cambió los esquemas. Te hizo sentir tanto, tan fuerte y tan rápido, que cuando se acabó, se lo llevó todo consigo y te quedaste ahí, intentando abrazar el aire sin ganas. Se llevó tus ganas, eso que siempre habías tenido en todo lo que hacías, y te vació como el que se bebe un vaso de cerveza de un trago y deja solo espuma. Tú eras espuma al fondo de un vaso, sin fuerza para salir y sin ganas de intentarlo.

Intentaste ser quien eras, intentaste sentir. Pero a medida que pasaba el tiempo, te resultaba más difícil querer. Querías querer, pero ¿cómo se puede forzar algo que tiene que salir de dentro? No podías, y cuanto más lo intentabas, a más personas ibas ahogando a tu paso. Porque, igual que tú no sentías nada, las personas con las que te encontrabas sí lo hacían y, sin saberlo, estabas haciendo lo mismo que te hicieron a ti.

Menudo asco. Querías sentir tan fuerte como antes, querías que llegase alguien y te cambiase los esquemas y te revolviese el corazón otra vez. Necesitabas que te diese un mini infarto al leer ” su nombre” en un whatsapp, y es que, te daba igual sufrir un poquito si con eso volvías a sentir algo. Y por más personas que conocías, ninguna te hacía sentir nada.

Llegaste a pensar que eras insensible, que te habías vuelto de piedra. Pero no, relax, solamente te pusieron anestesia.

Y de repente, te diste cuenta de que no estabas tan mal. Que todo ese tiempo en el que no habías conocido a nadie que te hiciese sentir algo fuerte, te habías conocido a ti mismo tanto, que cada vez tenías más claro lo que querías en tu vida.

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Y ahora, llegados a este punto hay algo tienes muy claro, y es que no quieres sufrir. Quieres sentir, quieres querer y quieres soñar. Pero lo justo en esta vida es que la persona con la que quieras hacer todo eso, haga lo mismo contigo. Y sino, que se vuelva por donde ha venido porque tú ya sabes lo que quieres: te quieres a ti.

No te preocupes, llegará esa persona que te haga sentir mariposas, olas, terremotos o lo que sea que te remueva por dentro, pero llegará cuando menos te lo esperes, como todo lo bueno en esta vida, que llega tarde y sin avisar.

Pero mientras tanto, sal del fondo del vaso, que el mundo es muy bonito como para verlo desde abajo. 

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Sin avisar, viniste y te vas

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Llegaste así, sin avisar, me pillaste desprevenida y sin tiempo de reaccionar. Y sin saberlo, llegaste cuando más lo necesitaba. Porque no necesitaba nada en concreto, te necesitaba a ti.

Recuerdo que pensé que sería una historia más, una de esas del montón, de las que solo recuerdas cuando lees conversaciones de whatsapp antiguas. Ay, amiga. Qué equivocada estabas.

Fue más, mucho más. Llegaste para quedarte. Llegaste para dejar huella, y tal cual viniste, te fuiste. Y me mataste. De golpe y sin anestesia.

Te volviste tan imprescindible. Yo, que nunca había dependido de nadie, que prefería volar sola, de repente quería todo contigo. Y sin querer, me acostumbré a ti. Costumbre, vamos a llamarlo así.

Me acostumbré a tus buenos días, me acostumbré a tus ruidos al comer, me acostumbré a tu olor y a tu forma de sacarme de mis casillas. Me acostumbré a tantas cosas, cada día un poco más, que cuando me di cuenta de ello ya era demasiado tarde,

Yo, que siempre dije que era independiente. Que podía hacer todo sola y que quien quisiera, que me siguiera. Esa misma que se reía de las películas de Disney, ahora estaba preguntándose cómo se había acostumbrado a algo tan fácilmente.

Y, de repente, ya no estabas. Y entonces me di cuenta de que necesitaba todo eso. De que necesitaba los buenos días, los ruidos, tu olor y hasta discutir. Porque todo eso, por muy sencillo que fuese, me llenaba los días.

Y me di aún más cuenta cuando vi que nadie más era capaz de darme todo eso, no de la misma manera. Me he pasado un tiempo buscando eso mismo en muchas personas, cuando en el fondo sé que eso solo eras capaz de dármelo tú. Porque, al fin y al cabo, no es lo que haces, sino con quién lo haces. 

No sé cómo lo hiciste, pero no lo consiguió nadie más. Conseguiste alterar mi calma, conseguiste que una cuerda se volviese loca. Pero sobretodo, conseguiste que me diese cuenta de una cosa:

Que las mejores cosas llegan solas, sin que busques, sin que llames, sin que estés atento. 

Cuando era pequeña, mi madre siempre me decía que mirase al frente, que en el suelo no encontraría nada. Pero no es verdad. Lo primero que vi de ti fueron tus zapatillas (y recuerdo que no me gustaron nada)

Y no sé, lo mismo un día de estos llega alguien a cambiarme los esquemas y alterarme la sangre. Pero prefiero no saber cuándo, me gustan las sorpresas.

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