Sin avisar, viniste y te vas

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Llegaste así, sin avisar, me pillaste desprevenida y sin tiempo de reaccionar. Y sin saberlo, llegaste cuando más lo necesitaba. Porque no necesitaba nada en concreto, te necesitaba a ti.

Recuerdo que pensé que sería una historia más, una de esas del montón, de las que solo recuerdas cuando lees conversaciones de whatsapp antiguas. Ay, amiga. Qué equivocada estabas.

Fue más, mucho más. Llegaste para quedarte. Llegaste para dejar huella, y tal cual viniste, te fuiste. Y me mataste. De golpe y sin anestesia.

Te volviste tan imprescindible. Yo, que nunca había dependido de nadie, que prefería volar sola, de repente quería todo contigo. Y sin querer, me acostumbré a ti. Costumbre, vamos a llamarlo así.

Me acostumbré a tus buenos días, me acostumbré a tus ruidos al comer, me acostumbré a tu olor y a tu forma de sacarme de mis casillas. Me acostumbré a tantas cosas, cada día un poco más, que cuando me di cuenta de ello ya era demasiado tarde,

Yo, que siempre dije que era independiente. Que podía hacer todo sola y que quien quisiera, que me siguiera. Esa misma que se reía de las películas de Disney, ahora estaba preguntándose cómo se había acostumbrado a algo tan fácilmente.

Y, de repente, ya no estabas. Y entonces me di cuenta de que necesitaba todo eso. De que necesitaba los buenos días, los ruidos, tu olor y hasta discutir. Porque todo eso, por muy sencillo que fuese, me llenaba los días.

Y me di aún más cuenta cuando vi que nadie más era capaz de darme todo eso, no de la misma manera. Me he pasado un tiempo buscando eso mismo en muchas personas, cuando en el fondo sé que eso solo eras capaz de dármelo tú. Porque, al fin y al cabo, no es lo que haces, sino con quién lo haces. 

No sé cómo lo hiciste, pero no lo consiguió nadie más. Conseguiste alterar mi calma, conseguiste que una cuerda se volviese loca. Pero sobretodo, conseguiste que me diese cuenta de una cosa:

Que las mejores cosas llegan solas, sin que busques, sin que llames, sin que estés atento. 

Cuando era pequeña, mi madre siempre me decía que mirase al frente, que en el suelo no encontraría nada. Pero no es verdad. Lo primero que vi de ti fueron tus zapatillas (y recuerdo que no me gustaron nada)

Y no sé, lo mismo un día de estos llega alguien a cambiarme los esquemas y alterarme la sangre. Pero prefiero no saber cuándo, me gustan las sorpresas.

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