Libres domingos y domingas!

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“Esa va buscando guerra, mira qué falda más corta lleva”

“Si te pones ese escote es para provocar”

“¿vas a salir así vestida?”

Estos son solo unos ejemplos de los cientos de frases que muchas mujeres escuchamos cada día, y lo peor de todo es que lo dicen tanto hombres como nosotras mismas (y luego nos quejamos si nos lo dicen a nosotras)

En serio, qué pereza es tener que pensar siempre cómo vestirse por lo que puedan opinar, o lo que es peor, por miedo a que se interpreten cosas que no son, ¿verdad?

Lo peor es el miedo. Porque a mi lo que puedan pensar, me entra por un oído y me sale por el otro. Pero una cosa es lo que piense la gente, y otra es lo que haga.

Resulta que hay un porcentaje de la sociedad, que piensa que si vas con un vestido corto y con los morros pintados de rojo pasión, es que estás llamando a gritos a un maromo. Lo peor es que por la calle no te encontrarás un maromo, sino un borracho de whisky barato que no sabe ni hablar y que creerá que por llevar ese vestido tiene derecho a decirte cualquier burrada.

Pues no, ni con vestido ni sin él. Ni con un cartel luminoso que ponga “free” en la cabeza. Si yo no quiero que me toquen, ni que se me acerquen con alguna intención, no lo van a hacer a menos que quieran mi mano grabada en su cara.

Me cansan estas situaciones. Me cansa el típico “cuando vuelvas a casa ponte algo más tapado, por si acaso”

¿Por si acaso? ¿En serio tengo que pensar en un por si acaso? ¿Tengo que ir con miedo de enseñar una pierna por si me la ve algún perturbado? ¿Tengo que ir corriendo a casa por si me sigue alguien desde el metro?

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Qué asco. Yo quiero ir con un vestido con escote si me apetece, o con tacones una noche de madrugada, o con unos leggings de purpurina si me da la gana. O si quiero ir con un chandal de mi padre, pues me lo pongo. Porque yo no me estoy vistiendo para nadie, me visto para mi y tengo derecho a no tener miedo lleve lo que lleve.

No estoy hablando de nada nuevo, este tema está en nuestra mesa y cada vez se lucha más porque esto se supere. Pero aun así, es una lucha que avanza a paso de tortuga.

Os podría contar mil anécdotas que gracias a Dior se han quedado en anécdota. Y seguro que vosotras también, así que sois libres de desahogaros por aquí, os animo. Os contaré una anécdota que me hizo hasta gracia por lo patético que fue.

Estaba yo con mis amigas de fiesta una noche cualquiera (cuando salía porque cada vez salgo menos), cuando se nos acercó un hombre, y digo hombre porque nos doblaba la edad, y nos preguntó una a una si queríamos bailar.

La respuesta, os la podéis imaginar: NO. Pero sin ser bordes, por supuesto, la educación es lo primero y si no me molestan yo no saco mi lado borde. Y entonces, viendo que su táctica no funcionaba, optó por quedarse a un lado y observarnos. Imaginaos a alguien que os observa mientras bailáis, habláis o bebeis. Qué incómodo, ¿no?

Pues así estábamos nosotras, incómodas. Y como no se le veía con ganas de moverse de nuestro lado, nos fuimos nosotras, con tan mala suerte que nos siguió y volvió al ataque. Pero esta vez, cambió su discurso y se dirigió a mi:

“No sé qué hacéis aquí solas si no queréis bailar con nadie, para eso iros”

Ah bueno, que ahora resulta que si bailo sola soy una marginada de la sociedad y me tengo que ir de las discotecas. O que mis amigas no son personas, y no lo sabía, y bailar con ellas no cuenta como “bailar con alguien”

Y la cosa no acaba aquí. Ese mismo hombre, volvió a dirigirse a una de mis amigas, a lo que ella contestó “Tengo novio” a ver si así el espécimen huía. Pero no, aún tenía guardado un as en la manga:

“Si tienes novio, ¿qué haces aquí?Así nos confundes”

Bueno, adiós, buena suerte con tu cerebro, si es que sigue debajo de tu calva. ¿En serio hay que escuchar esas cosas?

Me río por no llorar.

Y como esta anécdota, miles. Algunas graciosas y otras de terror.

 

Yo solo espero releer esto algún día y pensar, “Uf, qué época cuando no podía salir con una minifalda por la noche por miedo” mientras llego a mi casa a un ritmo normal, y no corriendo como siempre.

Pero mientras tanto, seguiremos con miedo y creedme, es asqueroso.

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Limpiezas de armario que duelen en el alma

Hoy os voy a contar una situación muy dolorosa a la que me enfrento unas cuantas veces al año: hacer limpieza de ropa

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Dicen que el desamor duele, pero creo que a mi me duele más tener que tirar/regalar ropa. Es que sufro muchísimo, pero hay que hacerlo por el bien de mi armario (porque llega un momento en el que seguir metiendo ropa a presión no funciona)

El día que haces limpieza y abres tu armario te dices a ti mismo: ¿Por dónde empiezo? Y entonces decides sacar todo, de perdidos al río, ya habrá tiempo de colocarlo. ¿Y qué pasa? Que acabas peor de lo que empezaste.

Ves esa camiseta que tienes desde hace 5 años, que no te pondrías ni de pijama, pero a la que tienes tanto cariño que te sentirías mal si la tirases (y digo tirar, porque ni la persona más necesitada necesitaría ESO) Y entonces piensas: “Bueno, a la siguiente limpieza la tiro, pero la guardaré un poco más”

Te pones serio, y haces dos montones:

1. Lo que se queda

2. Lo que vas a tirar o regalar

Tras varias horas sacando ropa y tomando decisiones vitales para tu armario, descubres que el montón “ropa para tirar” mide dos metros menos que “lo que se queda en tu armario” y te planteas si hacer limpieza ha servido para algo.

Y ahora, después de haber convertido tu habitación en una batalla campal, te toca volver a colocar todo el tu armario (esta es la peor parte) Y cuando acabas, ves que tu misión de vaciar el armario para que no explote ha sido fallida y que con tres camisetas y dos vestidos que has  desechado no has conseguido nada.

Y te dices a ti mismo: Bueno, en la siguiente limpieza prometo tirar más cosas.

Pero es mentira, porque todo lo que comprarás hasta entonces ocupará más que lo que has tirado y/o regalado.

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