¿Quién quieres ser?

¿Alguna vez te has preguntado si lo que estás haciendo te hace feliz? ¿Si te ves toda tu vida así, o si te gustaría cambiar algo, o todo en general?

¿Alguna vez te has planteado como quieres que sea tu vida, no sé, en 10 años? Si quieres tener hijos, rodearte de 20 gatos, un caballo, o vivir en el campo y cultivar hortalizas. Lo que quieras.

Estoy segura de que que lo has pensado, y seguro que te has agobiado pensando que todo eso está muy lejos, que todavía no quieres pensar en ello. Y te dices, voy a vivir. Voy a aguantar un poquito más, aunque lo que estés viviendo no te encante y aunque no sea tu vida ideal, siempre intentas aguantar “un poquito” más.

Lo peor de eso, es cuando ese poquito se convierte en un muchito y acabas viviendo una vida que no quieres. Por eso te vuelvo a preguntar ¿lo que estás haciendo te hace feliz? O al menos, ¿crees que te va a hacer feliz, o que te va a ayudar a serlo en un futuro?

Si es así, adelante. Sigue un poco más, porque a veces para llegar a lo que queremos nos toca pasar por caminos que no nos entusiasman. Pero si estás estancado, si no avanzas y si estás en la pura miseria planteándote tu existencia y comiendo helado para llenar tu vacío, HUYE. A la primera oportunidad que tengas de cambiar tu vida, HUYE. Porque sino, te estancarás.

Esto es como una relación que va mal. A veces alargas el sufrimiento, pensando que va a mejorar. Pero no, hijo mío, eso no mejorará. Y si sigues intentando algo imposible, al final acabará en catástrofe.

Tenemos toda la vida por delante, pero nadie te dice lo que va a durar. Mi consejo es que la aproveches al máximo, que no dejes nada por hacer ni por decir y que si crees que hay algo que te va a hacer feliz, lo intentes.

Siempre me ha dado miedo no aprovechar al máximo la vida, por eso a veces ni duermo. Porque 24 horas al día me parecen pocas para vivir todo lo que quiero vivir. Pero no me hagáis caso en eso, hay que dormir, que luego os salen ojeras.

Piensa en el futuro, en su justa medida, pero piensa sobretodo en el presente. Porque al final, el futuro llega enseguida y el presente es lo que te toca vivir en este momento.

Ah y otra cosa te digo, no hagas caso a lo que la gente te cuente sobre la felicidad. Cada uno tiene su propio concepto de felicidad. Que no te digan que tienes que tener hijos, o una casa en la ciudad, o un coche grande. Ten lo que te salga de las narices tener, como si quieres comprarte un periquito y hablarle todas las mañanas. Pero tu felicidad es tuya, y tú sabes lo que necesitas.

Y dicho esto, me voy a la nevera, a comerme un trozo de Milka Cookies porque me hace feliz. Y porque ya pensaré en las calorías, no sé, mañana.

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Mejor sola, gracias

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Hoy es uno de esos días en los que no te apetece hacer nada social. Te apetece coger tus zapatillas y tus cascos, y andar, solo andar.

Así que eso haces, te vas. No tienes un destino fijo, solo te apetece pensar, estar contigo y nada más. Algún día te vas de compras, otro vas a correr, pero hoy solo quieres andar y andar.

Te pones los cascos y te dejas llevar. Ahora mismo, no necesitas más. No necesitas a nadie, no necesitas hablar, solo estar contigo misma. Y justo, cuando estás en tu mayor momento de tranquilidad oyes un “Hola, qué haces tan sola”

Adiós momento de tranquilidad, qué poco has durado.

Descubres que hay alguien a tu lado que ha decidido que estás muy sola y te va a dar charla y dices “No estoy sola” y te vas. Con tan mala suerte, que quiere seguir dándote conversación “¿Te importa que te acompañe?”

“Oye mira, déjame en paz. He venido sola, porque tomo mis propias decisiones y si quisiera estar acompañada, vendría con alguien a quien conozca” Piensas eso, pero ya te empieza a dar miedo esta situación así que intentas no ser muy borde, por si acaso estás hablando con un psicópata y contestas “No, gracias”

Y sigues andando. Pero notas que te sigue. Estás en la calle, y hay más gente pero te está molestando. Y empiezas a andar más deprisa.

Al final tu paseo se ha convertido en una maratón y ya no estás pensando en ti, sino en no encontrarte a nadie más que interrumpa tu soledad. Entonces, te das cuenta de que has corrido tanto que necesitas una parada para repostar, así que te sientas en el banco más cercano.

Ahí estás, sentada mirando al infinito sin pensar en nada. Pero en esos momentos, no lo cambiarías por nada. Y, de repente, notas como el banco se mueve y se hunde hacia la derecha. Alguien se ha sentado al otro lado.

Bueno, el banco es algo público, no me voy a poner nerviosa. Pero lo estás, ya no estás tan sola como quieres, pero te quedas. Y entonces, llega el temido momento que tanto esperabas y que no querías que pasase: la persona del banco te habla.

No sé si a vosotros os pasará, pero por educación siempre contesto a la gente que me habla, y en estos momentos no sé si es buena idea.

El caso es que te pregunta “Qué haces aquí tan sola” otra vez, otra persona, te pregunta lo mismo. De verdad ¿no hay otra pregunta en el mundo que hacerme? Me cansáis.

Y vuelves a repetir que no estás sola. Pero la persona tienes ganas de conversación y te sigue preguntando cosas. Al final, para huir rápidamente tienes que decir la típica y rápida excusa de “Mi novio me está esperando”

Pero, ahora seamos serios, ¿es necesario que tenga que decir que tengo novio para huir de una situación así? ¿No bastaría con decir que estoy a gusto sola para que me dejen en paz?

Me canso tanto de esta situación. No me pasa a mi sola, nos pasa a muchas y es una sensación horrible. Te sientes desprotegida. Ya puedes hacer boxeo, como ser culturista, da igual, es incómodo. No sueles tener miedo, pero en estos momentos lo tienes. Se te plantean mil situaciones en la cabeza, no sabes qué puede pasar. Y te vas.

Y no he hablado de ir a tomar algo sola. Nunca me ha gustado ir a comer o a tomar algo sin gente, pero a veces, lo haces porque tienes que hacerlo. Y ahí es aún peor.

Algunas personas, instantáneamente cuando te ven sola, piensan que necesitas compañía. Pues no, y menos la tuya, que no te conozco de nada y me molestas tío.

Qué pesadilla. ¿Algún día podremos salir solas, sin que nadie se replantee que estamos solas y nos moleste?

¿Algún día podré volver a casa sola sin tener que ir a 50 km por hora porque me da miedo que alguien me pare y me diga algo que no quiero oír?

Cuando yo veo a alguien solo, no le hablo. Intuyo que si está solo, es porque quiere. A menos que este llorando, o se vea en problemas. No sé, llamadlo sexto sentido, pero no me gusta molestar a las personas.

Pues haced lo mismo. Cuando voy sola, no llevo colgado un cartel que diga “Hola, estoy sola, habladme”

Solo quiero poder ir sola sin que nadie sienta la necesidad de acompañarme. Porque a veces, la soledad no es mala si la decides tú.

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Nadie te obligó a hacerme feliz

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Nadie te obligó a acercarte a mi ese día, con esos aires de “puedo conseguir todo lo que me proponga”

Nadie te obligó a pedir mi número, ni a insistir hasta que te lo di. Y pensé “Qué pesado”

Nadie te obligó a decirme que te encantaba mi sonrisa, y que lo que más te gustaba era cuando me daba cuenta y dejaba de sonreír como si me diese vergüenza.

Nunca te pedí que me regalases nada, ni si quiera los oídos. Pero ahí estabas tú, diciéndome que no podías dejar de mirarme, como si fuese un batido de oreo en medio de un menú sin calorías.

Me prometí a mi misma no creer a cualquiera, pero al fin y al cabo, dejaste de ser un cualquiera.

Nadie te obligaba a darme la mano si tenía frío o a comprarme chocolate si estaba triste. Nadie te pidió que me dieses los buenos días antes que nadie, pero ahí estaba cada día tu mensaje, como un despertador. Y me acostumbré. Me acostumbré a tus manos, a tus buenos días y a tus ojos encima de mi.

No sé, estaba feliz. Supongo que me hacías feliz porque me hacías las cosas fáciles. Era todo tan sencillo, tan bueno, tan rápido, que hasta a mi me parecía raro. Pero bueno, ¿por qué no? A veces las cosas salen bien, ¿verdad?

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Y me lo creí. ¿Cómo no te iba a creer, si me mirabas así, como si fuese una especie en peligro de extinción? Joder, me creí todo. Las verdades, las verdades a medias y las mentiras más gordas jamás contadas.

Pero no, no todo era tan bonito. Un día me hiciste bajar de la nube, de golpe y sin avisar. Y de repente, me di cuenta de que ya no eras capaz de decir la verdad. Que aunque te la pidiese a gritos, para ti era más fácil mentir.

No me puedo creer que fueses tan buen actor y yo una espectadora tan mediocre.

Pero no todo fueron mentiras, porque si hay algo que no miente, son los ojos. Y si de algo estoy segura, es de que hubo un momento en el que todo era verdad hasta que decidiste tirar por el camino fácil.

Recuerdo perfectamente el día y el momento en el que te conocí. Recuerdo el lugar y hasta lo que llevaba puesto, Recuerdo cómo me miraste,  y que ni me fijé en ti. Quizá fue eso lo que te gustó de mi, que me daba igual todo.

Me daba igual hasta que te conocí.

¿Y si no te hubiese dado mi número? ¿Y si hubiese sido simplemente una más a la que saludar una noche? ¿Y si me hubiese puesto mala el día que me querías invitar a cenar?

No estaría escribiendo esto. Pero seguramente, otra persona, en otro momento y en otro lugar, me hubiese hecho pasar por algo parecido y estaría aquí, despotricando ante una hoja en blanco pensando en otro nombre.

En realidad, te doy las gracias. Porque aunque solo fuese por un tiempo, me hiciste feliz. Y supongo que, si conseguiste eso, tan malo no pudiste ser.

Si me diesen a elegir entre haberte conocido o no conocerte, elijo la primera opción. Porque fuiste una de las historias que más me ha gustado releer. Y después de ti, sé lo que no quiero para mi.

Así que, aunque odie reconocerlo, encantada de conocerte.

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Sin anestesia, por favor

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¿Dónde está esa persona que soñaba despierta? ¿Esa que podías estar horas creando historias con cientos de finales alternativos? El premio a mejor guionista de cualquier drama romántico era para ti.

Tú, que te ilusionabas con un simple “Hola” y que podías pasarte las noches en vela pensando en mil historias en las que te encontrabas con “llamemoslo X”.

Y te encantaba. Te encantaba soñar, te encantaba tener a alguien en quién pensar, alguien que te diese motivos para desvelarte de madrugada y incluso un motivo por el que llorar. Dicen que las personas soñadoras son más felices porque en su mundo siempre existe una posibilidad de que ocurra algo que otros creen imposible.

Tú lo creías. Te podían hacer llorar, te podían decir que no mil veces, pero siempre existía esa posibilidad que te hacía decirte “Sigue” Y eso, eso era lo que te llenaba de vida.

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Y de repente, un día conociste a alguien que te cambió los esquemas. Te hizo sentir tanto, tan fuerte y tan rápido, que cuando se acabó, se lo llevó todo consigo y te quedaste ahí, intentando abrazar el aire sin ganas. Se llevó tus ganas, eso que siempre habías tenido en todo lo que hacías, y te vació como el que se bebe un vaso de cerveza de un trago y deja solo espuma. Tú eras espuma al fondo de un vaso, sin fuerza para salir y sin ganas de intentarlo.

Intentaste ser quien eras, intentaste sentir. Pero a medida que pasaba el tiempo, te resultaba más difícil querer. Querías querer, pero ¿cómo se puede forzar algo que tiene que salir de dentro? No podías, y cuanto más lo intentabas, a más personas ibas ahogando a tu paso. Porque, igual que tú no sentías nada, las personas con las que te encontrabas sí lo hacían y, sin saberlo, estabas haciendo lo mismo que te hicieron a ti.

Menudo asco. Querías sentir tan fuerte como antes, querías que llegase alguien y te cambiase los esquemas y te revolviese el corazón otra vez. Necesitabas que te diese un mini infarto al leer ” su nombre” en un whatsapp, y es que, te daba igual sufrir un poquito si con eso volvías a sentir algo. Y por más personas que conocías, ninguna te hacía sentir nada.

Llegaste a pensar que eras insensible, que te habías vuelto de piedra. Pero no, relax, solamente te pusieron anestesia.

Y de repente, te diste cuenta de que no estabas tan mal. Que todo ese tiempo en el que no habías conocido a nadie que te hiciese sentir algo fuerte, te habías conocido a ti mismo tanto, que cada vez tenías más claro lo que querías en tu vida.

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Y ahora, llegados a este punto hay algo tienes muy claro, y es que no quieres sufrir. Quieres sentir, quieres querer y quieres soñar. Pero lo justo en esta vida es que la persona con la que quieras hacer todo eso, haga lo mismo contigo. Y sino, que se vuelva por donde ha venido porque tú ya sabes lo que quieres: te quieres a ti.

No te preocupes, llegará esa persona que te haga sentir mariposas, olas, terremotos o lo que sea que te remueva por dentro, pero llegará cuando menos te lo esperes, como todo lo bueno en esta vida, que llega tarde y sin avisar.

Pero mientras tanto, sal del fondo del vaso, que el mundo es muy bonito como para verlo desde abajo. 

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Sin avisar, viniste y te vas

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Llegaste así, sin avisar, me pillaste desprevenida y sin tiempo de reaccionar. Y sin saberlo, llegaste cuando más lo necesitaba. Porque no necesitaba nada en concreto, te necesitaba a ti.

Recuerdo que pensé que sería una historia más, una de esas del montón, de las que solo recuerdas cuando lees conversaciones de whatsapp antiguas. Ay, amiga. Qué equivocada estabas.

Fue más, mucho más. Llegaste para quedarte. Llegaste para dejar huella, y tal cual viniste, te fuiste. Y me mataste. De golpe y sin anestesia.

Te volviste tan imprescindible. Yo, que nunca había dependido de nadie, que prefería volar sola, de repente quería todo contigo. Y sin querer, me acostumbré a ti. Costumbre, vamos a llamarlo así.

Me acostumbré a tus buenos días, me acostumbré a tus ruidos al comer, me acostumbré a tu olor y a tu forma de sacarme de mis casillas. Me acostumbré a tantas cosas, cada día un poco más, que cuando me di cuenta de ello ya era demasiado tarde,

Yo, que siempre dije que era independiente. Que podía hacer todo sola y que quien quisiera, que me siguiera. Esa misma que se reía de las películas de Disney, ahora estaba preguntándose cómo se había acostumbrado a algo tan fácilmente.

Y, de repente, ya no estabas. Y entonces me di cuenta de que necesitaba todo eso. De que necesitaba los buenos días, los ruidos, tu olor y hasta discutir. Porque todo eso, por muy sencillo que fuese, me llenaba los días.

Y me di aún más cuenta cuando vi que nadie más era capaz de darme todo eso, no de la misma manera. Me he pasado un tiempo buscando eso mismo en muchas personas, cuando en el fondo sé que eso solo eras capaz de dármelo tú. Porque, al fin y al cabo, no es lo que haces, sino con quién lo haces. 

No sé cómo lo hiciste, pero no lo consiguió nadie más. Conseguiste alterar mi calma, conseguiste que una cuerda se volviese loca. Pero sobretodo, conseguiste que me diese cuenta de una cosa:

Que las mejores cosas llegan solas, sin que busques, sin que llames, sin que estés atento. 

Cuando era pequeña, mi madre siempre me decía que mirase al frente, que en el suelo no encontraría nada. Pero no es verdad. Lo primero que vi de ti fueron tus zapatillas (y recuerdo que no me gustaron nada)

Y no sé, lo mismo un día de estos llega alguien a cambiarme los esquemas y alterarme la sangre. Pero prefiero no saber cuándo, me gustan las sorpresas.

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Libres domingos y domingas!

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“Esa va buscando guerra, mira qué falda más corta lleva”

“Si te pones ese escote es para provocar”

“¿vas a salir así vestida?”

Estos son solo unos ejemplos de los cientos de frases que muchas mujeres escuchamos cada día, y lo peor de todo es que lo dicen tanto hombres como nosotras mismas (y luego nos quejamos si nos lo dicen a nosotras)

En serio, qué pereza es tener que pensar siempre cómo vestirse por lo que puedan opinar, o lo que es peor, por miedo a que se interpreten cosas que no son, ¿verdad?

Lo peor es el miedo. Porque a mi lo que puedan pensar, me entra por un oído y me sale por el otro. Pero una cosa es lo que piense la gente, y otra es lo que haga.

Resulta que hay un porcentaje de la sociedad, que piensa que si vas con un vestido corto y con los morros pintados de rojo pasión, es que estás llamando a gritos a un maromo. Lo peor es que por la calle no te encontrarás un maromo, sino un borracho de whisky barato que no sabe ni hablar y que creerá que por llevar ese vestido tiene derecho a decirte cualquier burrada.

Pues no, ni con vestido ni sin él. Ni con un cartel luminoso que ponga “free” en la cabeza. Si yo no quiero que me toquen, ni que se me acerquen con alguna intención, no lo van a hacer a menos que quieran mi mano grabada en su cara.

Me cansan estas situaciones. Me cansa el típico “cuando vuelvas a casa ponte algo más tapado, por si acaso”

¿Por si acaso? ¿En serio tengo que pensar en un por si acaso? ¿Tengo que ir con miedo de enseñar una pierna por si me la ve algún perturbado? ¿Tengo que ir corriendo a casa por si me sigue alguien desde el metro?

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Qué asco. Yo quiero ir con un vestido con escote si me apetece, o con tacones una noche de madrugada, o con unos leggings de purpurina si me da la gana. O si quiero ir con un chandal de mi padre, pues me lo pongo. Porque yo no me estoy vistiendo para nadie, me visto para mi y tengo derecho a no tener miedo lleve lo que lleve.

No estoy hablando de nada nuevo, este tema está en nuestra mesa y cada vez se lucha más porque esto se supere. Pero aun así, es una lucha que avanza a paso de tortuga.

Os podría contar mil anécdotas que gracias a Dior se han quedado en anécdota. Y seguro que vosotras también, así que sois libres de desahogaros por aquí, os animo. Os contaré una anécdota que me hizo hasta gracia por lo patético que fue.

Estaba yo con mis amigas de fiesta una noche cualquiera (cuando salía porque cada vez salgo menos), cuando se nos acercó un hombre, y digo hombre porque nos doblaba la edad, y nos preguntó una a una si queríamos bailar.

La respuesta, os la podéis imaginar: NO. Pero sin ser bordes, por supuesto, la educación es lo primero y si no me molestan yo no saco mi lado borde. Y entonces, viendo que su táctica no funcionaba, optó por quedarse a un lado y observarnos. Imaginaos a alguien que os observa mientras bailáis, habláis o bebeis. Qué incómodo, ¿no?

Pues así estábamos nosotras, incómodas. Y como no se le veía con ganas de moverse de nuestro lado, nos fuimos nosotras, con tan mala suerte que nos siguió y volvió al ataque. Pero esta vez, cambió su discurso y se dirigió a mi:

“No sé qué hacéis aquí solas si no queréis bailar con nadie, para eso iros”

Ah bueno, que ahora resulta que si bailo sola soy una marginada de la sociedad y me tengo que ir de las discotecas. O que mis amigas no son personas, y no lo sabía, y bailar con ellas no cuenta como “bailar con alguien”

Y la cosa no acaba aquí. Ese mismo hombre, volvió a dirigirse a una de mis amigas, a lo que ella contestó “Tengo novio” a ver si así el espécimen huía. Pero no, aún tenía guardado un as en la manga:

“Si tienes novio, ¿qué haces aquí?Así nos confundes”

Bueno, adiós, buena suerte con tu cerebro, si es que sigue debajo de tu calva. ¿En serio hay que escuchar esas cosas?

Me río por no llorar.

Y como esta anécdota, miles. Algunas graciosas y otras de terror.

 

Yo solo espero releer esto algún día y pensar, “Uf, qué época cuando no podía salir con una minifalda por la noche por miedo” mientras llego a mi casa a un ritmo normal, y no corriendo como siempre.

Pero mientras tanto, seguiremos con miedo y creedme, es asqueroso.

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Y si engorda, mejor.

Y si no me mata, ¿me hago más fuerte?

Tranquilos, no os vengo a convencer de que la comida basura y calórica es buena, aunque este post sí que tiene que ver con comer, al menos una parte.

Hoy quiero hablaros de algo que me pasa desde que tengo uso de mi ser: me gusta lo que no puedo tener, o lo que no me hace bien, o lo que me dicen que es imposible. En resumen:

“Dime que no puedo, y lo querré hacer”

Estoy completamente segura de que os pasa lo mismo, por eso os consolaré diciendo “No estás solo” como si esto fuese una reunión de alcohólicos anónimos y yo una alcohólica más (en realidad también podemos hablar de alcohol) pero empezaré hablando de comida.

¿Existe una relación entre lo atractivo y lo prohibido? ¿Por qué cuando nos dicen que no comamos algo en grandes cantidades, más lo queremos y mejor nos sabe? ¿Por qué tu madre esconde el chocolate en casa y no la olla del cocido, si también está muy rico?

Partiendo de la base de que muchas de las cosas que nos encantan tienen azúcar, y otroscomponentes que provocan  una sensación de “euforia” en nuestros sentidos y generan algo de adicción, hay que reconocer que lo que nos hace daño nos encanta, sin entrar en temas sadomasoquistas (eso a otra hora)

He empezado hablando de comida porque es una metáfora muy sencilla (metáfora, qué poética soy) pero esto va de la vida, de la atracción hacia lo que nos puede hacer daño, personas, comida, objetos, deportes… y una lista infinita de cosas.

O ¿es casualidad que alguna vez lo hayamos pasado mal por alguien que sabíamos que nos iba a hacer daño? Bueno, puede que al principio no sepas que una persona te va a hacer daño y te des cuenta más tarde, pero, ¿a que la mayoría de las veces sigues ahí, aunquesepas que vas a sufrir?

Eso, corazoncito de melón, es porque en el fondo piensas que eres capaz de cambiar la situación y no pasarlo mal. Y al final, acabas en un bucle en el que no consigues cambiar a esa persona ni consigues hacerte fuerte del todo, y siempre acabas en el mismo punto existencial preguntándote por qué eres tan idiota de seguir detrás de algo que te está quemando si mereces mucho más.

Lo peor de todo, es que muchas veces sabemos que vamos a llorar desde el principio y aun así LO HACEMOS. Porque pensamos, “ah no, a mi no me va  pasar, yo soy diferente”

Tú eres tonto, no hay otra palabra. Tú, y yo. Que yo también lo soy, ojo. Tonto porque sabesque te vas a caer, y aun así ayudas a cavar el hoyo. Tonto por querer cambiar cosas que no están en tu mano cambiar, cuando el primer cambio está en ti, en cómo te valores. Y si te sabes valorar, no te harán daño. Lo intentarán, pero no lo conseguirán.

Haz caso a tu amiga, que se está quedando afónica de decirte que dejes de hacer el tonto, y si te lo dice es porque ella seguramente haya pasado por lo mismo. En realidad, todos hemos tenido esa espina que nos dolía pero que no nos queríamos sacar pero algún día tendrás que sacarla, porque te vas a infectar.

Que sí, que nos encanta lo malo, lo prohibido, lo que nos da adrenalina. Pero hay un intermedio entre eso, y entre acabar llorando por las esquinas como un clinex usado. Está claro que el príncipe azul no se lleva, pero vida mía, ¡es que estás hablando con el lobo  sabes que te va a comer!

Pero no te preocupes, que esto se acaba. Un día llega la gota que colma el vaso, que a lo mejor es una tontería insignificante, pero colma el vaso del todo. Y te cansas de aguantar. Y dices, hasta nunca, no tengo tiempo para sufrir.

Antes de sufrir por tontos y tonterías, te animo a comerte esa palmera de chocolate que estás deseando catar, o a pedirte una pizza esta noche para cenar aunque rompas un día tu operación flotador, al menos sabes que no te harán daño al corazón. Bueno, si comes muchas sí.

Pero si sabes que te van a hacer daño, por favor, huye tan rápido como puedas, con palmera en el estómago incluida. Sobretodo si ya te lo han hecho antes, sabes lo que se siente, ¿para qué quieres repetir? A menos que, como he dicho antes, seas masoquista. Entonces vale, deja que te hagan daño (pero luego no llores, que nos conocemos)

Y dicho esto, voy a hacer caso de mi consejo y me voy a comer un trozo de chocolate, porque soy una rebelde y me gusta lo que no es bueno.

 

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