Libres domingos y domingas!

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“Esa va buscando guerra, mira qué falda más corta lleva”

“Si te pones ese escote es para provocar”

“¿vas a salir así vestida?”

Estos son solo unos ejemplos de los cientos de frases que muchas mujeres escuchamos cada día, y lo peor de todo es que lo dicen tanto hombres como nosotras mismas (y luego nos quejamos si nos lo dicen a nosotras)

En serio, qué pereza es tener que pensar siempre cómo vestirse por lo que puedan opinar, o lo que es peor, por miedo a que se interpreten cosas que no son, ¿verdad?

Lo peor es el miedo. Porque a mi lo que puedan pensar, me entra por un oído y me sale por el otro. Pero una cosa es lo que piense la gente, y otra es lo que haga.

Resulta que hay un porcentaje de la sociedad, que piensa que si vas con un vestido corto y con los morros pintados de rojo pasión, es que estás llamando a gritos a un maromo. Lo peor es que por la calle no te encontrarás un maromo, sino un borracho de whisky barato que no sabe ni hablar y que creerá que por llevar ese vestido tiene derecho a decirte cualquier burrada.

Pues no, ni con vestido ni sin él. Ni con un cartel luminoso que ponga “free” en la cabeza. Si yo no quiero que me toquen, ni que se me acerquen con alguna intención, no lo van a hacer a menos que quieran mi mano grabada en su cara.

Me cansan estas situaciones. Me cansa el típico “cuando vuelvas a casa ponte algo más tapado, por si acaso”

¿Por si acaso? ¿En serio tengo que pensar en un por si acaso? ¿Tengo que ir con miedo de enseñar una pierna por si me la ve algún perturbado? ¿Tengo que ir corriendo a casa por si me sigue alguien desde el metro?

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Qué asco. Yo quiero ir con un vestido con escote si me apetece, o con tacones una noche de madrugada, o con unos leggings de purpurina si me da la gana. O si quiero ir con un chandal de mi padre, pues me lo pongo. Porque yo no me estoy vistiendo para nadie, me visto para mi y tengo derecho a no tener miedo lleve lo que lleve.

No estoy hablando de nada nuevo, este tema está en nuestra mesa y cada vez se lucha más porque esto se supere. Pero aun así, es una lucha que avanza a paso de tortuga.

Os podría contar mil anécdotas que gracias a Dior se han quedado en anécdota. Y seguro que vosotras también, así que sois libres de desahogaros por aquí, os animo. Os contaré una anécdota que me hizo hasta gracia por lo patético que fue.

Estaba yo con mis amigas de fiesta una noche cualquiera (cuando salía porque cada vez salgo menos), cuando se nos acercó un hombre, y digo hombre porque nos doblaba la edad, y nos preguntó una a una si queríamos bailar.

La respuesta, os la podéis imaginar: NO. Pero sin ser bordes, por supuesto, la educación es lo primero y si no me molestan yo no saco mi lado borde. Y entonces, viendo que su táctica no funcionaba, optó por quedarse a un lado y observarnos. Imaginaos a alguien que os observa mientras bailáis, habláis o bebeis. Qué incómodo, ¿no?

Pues así estábamos nosotras, incómodas. Y como no se le veía con ganas de moverse de nuestro lado, nos fuimos nosotras, con tan mala suerte que nos siguió y volvió al ataque. Pero esta vez, cambió su discurso y se dirigió a mi:

“No sé qué hacéis aquí solas si no queréis bailar con nadie, para eso iros”

Ah bueno, que ahora resulta que si bailo sola soy una marginada de la sociedad y me tengo que ir de las discotecas. O que mis amigas no son personas, y no lo sabía, y bailar con ellas no cuenta como “bailar con alguien”

Y la cosa no acaba aquí. Ese mismo hombre, volvió a dirigirse a una de mis amigas, a lo que ella contestó “Tengo novio” a ver si así el espécimen huía. Pero no, aún tenía guardado un as en la manga:

“Si tienes novio, ¿qué haces aquí?Así nos confundes”

Bueno, adiós, buena suerte con tu cerebro, si es que sigue debajo de tu calva. ¿En serio hay que escuchar esas cosas?

Me río por no llorar.

Y como esta anécdota, miles. Algunas graciosas y otras de terror.

 

Yo solo espero releer esto algún día y pensar, “Uf, qué época cuando no podía salir con una minifalda por la noche por miedo” mientras llego a mi casa a un ritmo normal, y no corriendo como siempre.

Pero mientras tanto, seguiremos con miedo y creedme, es asqueroso.

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Gotas que colman el vaso

Voy a reconocer que soy especial y que hay mil cosas que me resultan molestas, y cada vez más (eso será porque pasan los años y me vuelvo más irritable, como una señora)

Pero hay cosas que molestan a cualquier ser humano común, llamadlo manías o ser “tiquismiquis” pero son cosas que nos sacan de quicio y que tenemos que aguantar cada día. Y como seguramente, penséis igual que yo aunque no lo digáis, lo voy a decir yo por vosotros y después me contáis si soy la única que piensa así y si tengo que colgarme un cartel que ponga “rara” (pero sé que me vais a dar la razón porque taaaaaaan rara no soy, lo prometo)

  1. La gente que tiene una trituradora en vez de boca

Véase aquellos que mastican chicle con la boca abierta como si no hubiese mañana y te recuerdan que saben masticar porque cuando les tienes al lado oyes hasta el aire que les entra por la boca.

Eso por no hablar de la gente que al comer, se mete más comida de la que su boca puede almacenar y tienen que abrir la boca para conseguir masticar. Lo único que consiguen es hacer ruido, luchar por no ahogarse y que veas su comida cuando les miras. Eso si no hablan a la vez que comen, con lo que la situación anterior se vuelve el doble de aterradora.

Por favor, si alguien dijo una vez “en boca cerrada no entran moscas” también servía para esta situación. Un poco de compasión para los que sufrimos cuando vemos comida en bocas ajenas, o nos molesta el ruido de bocas masticando como hienas.

2. Miradas penetrantes

Esto no es una técnica de seducción. Hablo de la típica persona que se te queda mirando en el metro, bus, consulta del médico, etc…

Planteemos una situación gráfica:

Entras al autobús, llevas mil cosas en la mano y cuando logras encontrar el abono piensas “la próxima vez lo saco antes y ahorro tiempo”. Pasas el abono y te introduces en el bus buscando algún sitio donde apoyarte para no echar a volar cada vez que el señor autobusero frene “delicadamente como una mariposa”. Ves que lo de sentarte es imposible y decides que es más fácil buscar un hueco entre varias personas, así que te metes a duras penas en un mini espacio entre un señor con mochila (que la al parecer lleva su casa dentro y ocupa medio autobús) y dos señoras que se quejan de que la juventud no tiene educación, mientras van cargadas de bolsas de las rebajas que pesan más que su pensión.

Les rozas al pasar, y oyes como se quejan “pf, pf” pero te da igual, es eso o caerte así que pasas de largo. Y entonces, llega el esperado momento que tanto temías. Justo, enfrente de ti hay un chico (chico esta vez, porque puede ser un niño, una abuelita o una top model)

Te mira. Pero no en plan de reojo, te mira como si tu cara fuese un escaparate. Y piensas, ¿se habrá quedado pensando en algo y está mirando por mirar? Pero parpadea así que descartas esa opción. Miras hacia tu lado, a ver si por casualidad, no es a ti a quien mira. Pero no, definitivamente te mira a ti.

Ya empiezas a pensar de todo, desde que es un psicópata, hasta que tienes algo en la cara. Pero si nadie más me mira, será porque tan mal no voy ¿no?

También se te ocurre que te puede conocer, pero ¿de qué? Empiezas a pensar si te suena su cara, pero sigues sin caer.Y te empiezas a agobiar con preguntas que nadie te va a responder, y piensas en cuántas paradas te quedan para bajarte y dejar de aguantar miradas acusadoras.

¿Cómo alguien es capaz de aguantar tanto la mirada? Me quiero bajar ya, me está poniendo de los nervios. Entonces te bajas, y te miras al primer espejo que pillas por la calle. Resulta que no tenías nada raro en la cara, menos mal.

Estoy segura de que esto os ha pasado, a mi al menos me pasa cada semana y siempre me pone de los nervios.
3. Los regateos por la acera

Qué me decís de ese momento incómodo cuando, vas andando por la calle con algo de prisa y te cruzas a alguien de frente que está haciendo lo mismo que tú, os miráis, os apartais para dejaros pasar pero lo hacéis para el mismo lado y así durante 3 segundos en los que parece que estáis haciendo un juego de mímica.

Aunque eso siempre es mejor que ir por una acera estrecha e intentar esquivar a un grupo de cuatro señoras que al parecer, son un pack indivisible (como los yogures) y que no van a dejar pasar a nadie que vaya por detrás de ellas.
Si al menos, fuesen rápido. Pero no, encima provocan atascos. Luego dirán de los coches y el tráfico, pero los peatones también sufren atascos.

4. El vecino que no oye su despertador


Todos hemos tenido un vecino, en el bloque, comunidad o alrededores, que todas las mañanas poner el despertador a todo trapo y despierta a todo el mundo menos a él mismo.

Gracias por despertarme con radio olé, era la mejor manera de empezar un lunes. Haré lo mismo el sábado en tu puerta, con una sartén y una cuchara, a ver si te hace ilusión.

5. Ticket y cambio en la misma mano no, por favor!

Cuando pagas en el super, todavía estás metiendo las cosas en la bolsa, y ves que las cosas del siguiente cliente ya caen por la cinta, no hay nada peor que recibir el cambio a la vez que el ticket.

¿Me explicas con qué mano guardo las cosas, cojo el ticket y meto las monedas del cambio en el monedero? Según mis cálculos, me hace falta una mano.

Entonces pasa lo más temido: se te cae el cambio. Ves las monedas rodar y te despides por dentro, porque en lo más profundo de tu corazón sabes que alguna de esas monedas se ha perdido para siempre en el súper.

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Y con esto y un bizcocho, os he contado las cinco cosas que más me sacan de quicio (aunque hay muchas más)

Con un poco de suerte, alguien me entenderá. Y sino, pues al menos me he desahogado un poco.

Feliz semana superrayadas, y que no os devuelvan el cambio a la vez que el ticket!

Y si engorda, mejor.

Y si no me mata, ¿me hago más fuerte?

Tranquilos, no os vengo a convencer de que la comida basura y calórica es buena, aunque este post sí que tiene que ver con comer, al menos una parte.

Hoy quiero hablaros de algo que me pasa desde que tengo uso de mi ser: me gusta lo que no puedo tener, o lo que no me hace bien, o lo que me dicen que es imposible. En resumen:

“Dime que no puedo, y lo querré hacer”

Estoy completamente segura de que os pasa lo mismo, por eso os consolaré diciendo “No estás solo” como si esto fuese una reunión de alcohólicos anónimos y yo una alcohólica más (en realidad también podemos hablar de alcohol) pero empezaré hablando de comida.

¿Existe una relación entre lo atractivo y lo prohibido? ¿Por qué cuando nos dicen que no comamos algo en grandes cantidades, más lo queremos y mejor nos sabe? ¿Por qué tu madre esconde el chocolate en casa y no la olla del cocido, si también está muy rico?

Partiendo de la base de que muchas de las cosas que nos encantan tienen azúcar, y otroscomponentes que provocan  una sensación de “euforia” en nuestros sentidos y generan algo de adicción, hay que reconocer que lo que nos hace daño nos encanta, sin entrar en temas sadomasoquistas (eso a otra hora)

He empezado hablando de comida porque es una metáfora muy sencilla (metáfora, qué poética soy) pero esto va de la vida, de la atracción hacia lo que nos puede hacer daño, personas, comida, objetos, deportes… y una lista infinita de cosas.

O ¿es casualidad que alguna vez lo hayamos pasado mal por alguien que sabíamos que nos iba a hacer daño? Bueno, puede que al principio no sepas que una persona te va a hacer daño y te des cuenta más tarde, pero, ¿a que la mayoría de las veces sigues ahí, aunquesepas que vas a sufrir?

Eso, corazoncito de melón, es porque en el fondo piensas que eres capaz de cambiar la situación y no pasarlo mal. Y al final, acabas en un bucle en el que no consigues cambiar a esa persona ni consigues hacerte fuerte del todo, y siempre acabas en el mismo punto existencial preguntándote por qué eres tan idiota de seguir detrás de algo que te está quemando si mereces mucho más.

Lo peor de todo, es que muchas veces sabemos que vamos a llorar desde el principio y aun así LO HACEMOS. Porque pensamos, “ah no, a mi no me va  pasar, yo soy diferente”

Tú eres tonto, no hay otra palabra. Tú, y yo. Que yo también lo soy, ojo. Tonto porque sabesque te vas a caer, y aun así ayudas a cavar el hoyo. Tonto por querer cambiar cosas que no están en tu mano cambiar, cuando el primer cambio está en ti, en cómo te valores. Y si te sabes valorar, no te harán daño. Lo intentarán, pero no lo conseguirán.

Haz caso a tu amiga, que se está quedando afónica de decirte que dejes de hacer el tonto, y si te lo dice es porque ella seguramente haya pasado por lo mismo. En realidad, todos hemos tenido esa espina que nos dolía pero que no nos queríamos sacar pero algún día tendrás que sacarla, porque te vas a infectar.

Que sí, que nos encanta lo malo, lo prohibido, lo que nos da adrenalina. Pero hay un intermedio entre eso, y entre acabar llorando por las esquinas como un clinex usado. Está claro que el príncipe azul no se lleva, pero vida mía, ¡es que estás hablando con el lobo  sabes que te va a comer!

Pero no te preocupes, que esto se acaba. Un día llega la gota que colma el vaso, que a lo mejor es una tontería insignificante, pero colma el vaso del todo. Y te cansas de aguantar. Y dices, hasta nunca, no tengo tiempo para sufrir.

Antes de sufrir por tontos y tonterías, te animo a comerte esa palmera de chocolate que estás deseando catar, o a pedirte una pizza esta noche para cenar aunque rompas un día tu operación flotador, al menos sabes que no te harán daño al corazón. Bueno, si comes muchas sí.

Pero si sabes que te van a hacer daño, por favor, huye tan rápido como puedas, con palmera en el estómago incluida. Sobretodo si ya te lo han hecho antes, sabes lo que se siente, ¿para qué quieres repetir? A menos que, como he dicho antes, seas masoquista. Entonces vale, deja que te hagan daño (pero luego no llores, que nos conocemos)

Y dicho esto, voy a hacer caso de mi consejo y me voy a comer un trozo de chocolate, porque soy una rebelde y me gusta lo que no es bueno.

 

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Medias naranjas y otras frutas

Queridas personas a las que he hecho y haré daño: fue sin querer.

Te has pasado media vida buscando algo que seguramente no haya que buscar, que llega sin más sin avisar y sin llamar a ninguna puerta. 

Te hacen creer que en esta vida necesitas a tu media naranja, y al final te encuentras a ti mismo buscando naranjas cuando la naranja ni siquiera es tu fruta favorita.

Te convences de que lo que necesitas es eso. ¿Un mal día? La solución es siempre la misma.  Y entonces vas conociendo naranjas, y  la historia siempre es como un círculo vicioso, te sabes lo que pasará de memoria.

Conoces a alguien, te pica la curiosidad y te entran ganas de hacer cosas con esa persona. El primer día quieres hablar a todas horas, te molesta que tarde en contestar y quieres hacerle un interrogatorio a ver si su vida encaja con tu forma de vivir la vida, porque en lo más profundo de tu ser, necesitas que algo encaje.

Haces un estudio de sus redes sociales y ves sus fotos. En algunas fotos te encanta y en otras te echas para atrás. Pero bueno, al fin y al cabo, las fotos son fotos y cuando le viste en persona te gustó ¿verdad? No estás muy seguro pero para eso necesitas ver a esa persona otra vez, que las fotos engañan.

Quedais y estás a gusto. Hablando te das cuenta de que teneis cosas en común. Le encanta la pasta, qué casualidad ¿no? Va a veranear a la misma playa que tú, y piensas “el mundo es un pañuelo” Y entonces, empiezas a ver un cúmulo de casualidades que te hacen pensar que esa persona puede ser la adecuada porque no puede ser que alguien tenga tantas cosas en común contigo.

Bueno, primera noticia: a mucha gente le gusta la misma comida que a ti, mucha gente veranea donde tú veraneas y mucha gente hace lo mismo que tú cada día, pero tú estás pensando que esa persona es especial.

Y ahora viene el momento en el que le miras fijamente. ¿Te gusta? ¿Te atrae? Crees que sí. A ver, es guapo/a, y tiene algo que te llama la atención. No es que seas superficial, es que quieres que te llame la atención y te atraiga físicamente, eso no es malo. Pero, ¿te atrae de verdad o simplemente es agradable a tu vista? La verdad es que si tuviese otro peinado te gustaría más. Y a lo mejor si se vistiese de otra forma… Es que esa camiseta no le favorece nada.

Cariño, para el carro. Te estás yendo del tema. Si empiezas a plantearte cambiar cosas de alguien, es que mucho mucho no te está gustando. Pero bueno, puedes intentarlo, a lo mejor solo es que no sabes exactamente lo que quieres. Y te convences a ti mismo de seguir intentándolo porque, a lo mejor con el tiempo te gusta más.

 Vida, si tienes que convencerte de algo es porque no lo quieres de verdad. No hablo de amor a primera vista, a ver, esto no es una comedia romántica americana en la que chico conoce a chica, chica ve que es el amor de su vida en el momento en el que él cruza la calle y sin decirse nada más que un “Hola”. Pero tampoco es cuestión de autoconvencerte como cuando tu madre te decía que pescado era bueno para ti. Pero mamá, que no me gusta el pescado, ni en puré, ni rebozado, ni aunque me lo metas en un Mcflurry con KitKat, si no te gusta, no te gusta.

Y ese es el problema, que nos damos miles de pros para seguir intentando algo con alguien cuando sabemos que está destinado al fracaso y encima hacemos perder el tiempo a esa persona (y a nosotros mismos)

Cuando te gusta alguien lo sabes. Seguramente no sepas ni explicar qué es lo que te gusta, pero no hace falta. Yo no sé explicar por qué me gusta el color negro. Me gusta, y punto. Pega con todo, es elegante, me calma… Bueno, que me desvío del tema.

Pues eso. No intentes convencerte de cosas que no sientes, ni hagas perder el tiempo a la gente. Y si te dicen que para ser feliz necesitas a alguien, contesta que sí. A ti, te necesitas a ti.

 

 

 

Perdón superrayadas

Hola superrayados y superrayadas.

Os escribo después de meses y meses (me siento fatal) para pediros perdón por escribir tan poco y dejaros con la miel en la boca.

Una, de repente, se encuentra con que tiene 24 horas al día para dormir, trabajar, ver a sus amigos, hacer ejercicio para desestresarse, y muchos etc… Y cuando te das cuenta ya no tienes tiempo para hacer todo lo que habías pensado hacer ese día y dices “Bueno, mañana lo hago”

Mentira, al final no haces nada y lo vas dejando. Eso me ha pasado, lo reconozco. Escribir me relaja, me desahogo y me hace feliz, pero para escribir hace falta mucho tiempo y una cabeza un poco ordenada (y yo últimamente la tengo en modo Síndrome de Diógenes) 

Pero no os preocupéis, he vuelto. Quizá no con tanto tiempo como antes, pero con las ideas más claras. Vuelvo con ganas de desahogarme, así que voy a soltar hasta el último gramo de mi estrés aquí, con vosotros. 

Así que espero que estéis preparados, porque no me pienso callar. 

¿Me habéis echado un poquito de menos? Decidme que sí, subidme la moral un poco, que así escribo mejor oye!

Lo dicho, muchas gracias por leer mis rayadas, sois lo más.

Lo siento, no siento nada.

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Hace tiempo que ya no sientes. Ni padeces. Ni tienes, ni retienes.

Tú, que soñabas con amores imposibles. Que sonreías con un “Buenos días guapa” y que no se dormía hasta dar las buenas noches aunque eso significase dormir con el móvil en la mano.

Te acuerdas de esos pequeños infartos que te daban cada vez que ese alguien (llamemoslo X) te hablaba. Recuerdas ir en el autobús y reírte por cualquier tontería, y ¿qué importaba si la señora que venía del mercado te miraba? Tenía ilusión y daba igual.

¿Recuerdas lo que era besar con ganas? Besar queriendo. Recordar abrazos, abrazos de los que tienen aroma propio, abrazos que se respiran.

Pero hace tiempo que no sientes nada. Que lo que parece ilusión se esfuma y que lo que se dice que es bueno ni se disfruta.

Me gustan las cosas enteras. Nada a medias. Sentirlo todo, sin medias tintas, sin dudas.

Veo a cientos de personas hacer cosas que no sienten, decir que quieren sin querer y hacer cosas por hacer. Y me da pena.

Pero aquí estás tú, esperando alguna señal divina que te diga que tienes que sentir algo. Supongo que solo estás descansando hasta sentir eso que no sientes desde hace tanto.

Y ahí estás, conociendo a personas nuevas sin sentir nada. Pero te fuerzas. Te dices a ti mismo “A lo mejor es una persona maravillosa y todavía no le conozco bien”

Ay, querido iluso. Si no te ha llamado la atención ya, no lo hará.
Y te dices a ti mismo “soy demasiado exigente”

Pero sabes que no es eso, que en realidad te conformas con poco con tal de que ese poco sea especial. Pero no ha llegado nada especial a tu vida en mucho tiempo y te paras a pensar si existe o si lo ha descubierto alguien más y estás esperando a que nada pase.

Impaciencia. Ese es el problema. Te come la impaciencia por encontrar, cuando en el fondo sabes que las mejores cosas que han pasado por tu vida no las has buscado, te encontraron sin querer.

Y ves como, según pasa el tiempo, pasan personas por tu vida y rellenan poco a poco tu libro con historias, (llamemoslas relatos cortos) que no te llenan. Sabes que de todo se aprende, sabes que todo sirve para algo pero te da igual, sigues teniendo un vacío que nadie llena.

Habrán pasado y pasarán personas increíbles por tu vida, y tú no lo verás, porque seguramente ninguna haya sido para ti. Y te culparás de no saber querer, te culparás de ser demasiado exigente y de no poder dar más de ti.

Corazón de limón, no puedes. No te engañes. No puedes forzar nada, no saldrá bien.

Solamente sé tú. Si quieres querer, quiere. Si quieres abrazar, abraza. Y si quieres perderte en las piernas de alguien, piérdete. Pero haz lo que sientas y no lo que te digan.

Si no ha llegado todavía esa persona que te haga desvelarte por las noches, no pasa nada. Llegará. Y tú estarás ahí, en lo más hondo de tu foso pensando que ya no sientes nada y que eres de piedra.

Pero no eres de piedra, eso es solo una capa que alguien tiene que rascar.

Vas a volver a sentir. Vas a volver a besar con ganas y vas a volver a desvelarte esperando las buenas noches de alguien. Eres joven, y tú mismo sabes que todo llega, y que cuando tarda es porque es bueno.

Así que mientras, disfruta de lo que tienes, porque lo tienes todo. Y vive. Sobretodo vive. Pero no mires atrás, atrás no has perdido nada. Lo que tienes está enfrente de ti, quizá te tropieces con ello o simplemente te salude un día por el metro, pero ahí está.

Vive porque mientras vives pasan las mejores cosas, y todo llega, tarde, pero llega.

Y se fue.

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Y se fue. Como un tren que no espera si llegas tarde al andén.

Se fue para no volver, cansada de mirar el reloj a ver si llegabas corriendo con alguna excusa por llegar tarde.

Se fue por varios motivos que tú nunca quisiste entender. Se ha ido, has perdido, qué tonto has sido.

Las personas se cansan de esperar a que algo pase. A veces lo que les mantiene a la espera es la esperanza de que alguien va a cambiar por ellos, de que les agarrará fuerte por la espalda y les dirá “No te voy a soltar”

Pero la esperanza es un cuentagotas que se vacía. Y tú vaciaste todas sus esperanzas. Ella creía en algo, algo en lo que ni tú mismo creíste nunca. Creía que podías cambiar, creía que podías llegar a ser la persona que le diese los buenos días cada mañana sin ninguna razón, solo porque necesitabas decírselo.

Pero, llegó a la conclusión de que las personas no cambian así como así. De que solo hay ciertas cosas en la vida que pueden hacer que una persona cambie, y ella no podía hacer eso.

¿Qué iba a hacer? ¿Conformarse con esa persona que le hacía daño día sí y día también, esperando a que, por arte de magia cambiase a mejor?

No.

Si no lo había hecho ya, no lo iba a hacer, y menos por ella.

Por eso se fue. Para ser feliz sin tener que cambiar a nadie. Se fue para querer más fuerte.

No se fue para olvidar, al fin y al cabo, fue bonito mientras duró.

Se fue para demostrarse que podía enamorarse de sí misma con sus cicatrices y sus heridas. Algo que tú no fuiste capaz de hacer.

Y se fue porque sabía que tarde o temprano volverías.

Pero ¿para qué volver? Ya no servirá de nada. Nunca te deberías de haber ido.
Tendrías que haber agarrado su mano antes de subirse a ese tren, una sola palabra hubiese hecho falta para ella:

“Quédate”

Y como no tuviste huevos, se fue.