Nadie te obligó a hacerme feliz

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Nadie te obligó a acercarte a mi ese día, con esos aires de “puedo conseguir todo lo que me proponga”

Nadie te obligó a pedir mi número, ni a insistir hasta que te lo di. Y pensé “Qué pesado”

Nadie te obligó a decirme que te encantaba mi sonrisa, y que lo que más te gustaba era cuando me daba cuenta y dejaba de sonreír como si me diese vergüenza.

Nunca te pedí que me regalases nada, ni si quiera los oídos. Pero ahí estabas tú, diciéndome que no podías dejar de mirarme, como si fuese un batido de oreo en medio de un menú sin calorías.

Me prometí a mi misma no creer a cualquiera, pero al fin y al cabo, dejaste de ser un cualquiera.

Nadie te obligaba a darme la mano si tenía frío o a comprarme chocolate si estaba triste. Nadie te pidió que me dieses los buenos días antes que nadie, pero ahí estaba cada día tu mensaje, como un despertador. Y me acostumbré. Me acostumbré a tus manos, a tus buenos días y a tus ojos encima de mi.

No sé, estaba feliz. Supongo que me hacías feliz porque me hacías las cosas fáciles. Era todo tan sencillo, tan bueno, tan rápido, que hasta a mi me parecía raro. Pero bueno, ¿por qué no? A veces las cosas salen bien, ¿verdad?

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Y me lo creí. ¿Cómo no te iba a creer, si me mirabas así, como si fuese una especie en peligro de extinción? Joder, me creí todo. Las verdades, las verdades a medias y las mentiras más gordas jamás contadas.

Pero no, no todo era tan bonito. Un día me hiciste bajar de la nube, de golpe y sin avisar. Y de repente, me di cuenta de que ya no eras capaz de decir la verdad. Que aunque te la pidiese a gritos, para ti era más fácil mentir.

No me puedo creer que fueses tan buen actor y yo una espectadora tan mediocre.

Pero no todo fueron mentiras, porque si hay algo que no miente, son los ojos. Y si de algo estoy segura, es de que hubo un momento en el que todo era verdad hasta que decidiste tirar por el camino fácil.

Recuerdo perfectamente el día y el momento en el que te conocí. Recuerdo el lugar y hasta lo que llevaba puesto, Recuerdo cómo me miraste,  y que ni me fijé en ti. Quizá fue eso lo que te gustó de mi, que me daba igual todo.

Me daba igual hasta que te conocí.

¿Y si no te hubiese dado mi número? ¿Y si hubiese sido simplemente una más a la que saludar una noche? ¿Y si me hubiese puesto mala el día que me querías invitar a cenar?

No estaría escribiendo esto. Pero seguramente, otra persona, en otro momento y en otro lugar, me hubiese hecho pasar por algo parecido y estaría aquí, despotricando ante una hoja en blanco pensando en otro nombre.

En realidad, te doy las gracias. Porque aunque solo fuese por un tiempo, me hiciste feliz. Y supongo que, si conseguiste eso, tan malo no pudiste ser.

Si me diesen a elegir entre haberte conocido o no conocerte, elijo la primera opción. Porque fuiste una de las historias que más me ha gustado releer. Y después de ti, sé lo que no quiero para mi.

Así que, aunque odie reconocerlo, encantada de conocerte.

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